El hambre guapea

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No es percepción. Es realidad. La pobreza avanza sin recato en diversos sectores de Cartagena y sus corregimientos. Ya no es la pobreza digna de otros tiempos sino otra, mucha más aguda y lacerante. Esta golpea en ausencia de la solidaridad de antaño cuando había cierta abundancia y los vecinos intercambiaban comida por los patios y se podía llegar a la hora del almuerzo a casa ajena porque con seguridad alcanzaba para otra boca. Ya no.

Ahora la lucha es cerrada para tener algo en la mesa tres veces al día. En muchos hogares no pasa de dos y en otros solo hay para “un golpe”. Es una verdad que avergüenza, la realidad de la Cartagena profunda, aquella que ya no se puede ocultar y que extiende su sombra por los territorios de la pobreza, la desigualdad y la desesperanza. Uno no quisiera hablar de este drama que se padece en la Ciudad de la Ilusión pero no se puede ocultar el sol con las manos. Las estadísticas muestran que Cartagena es una de las ciudades más pobres de Colombia y leerlo en el lenguaje frío de las estadísticas pasa suave. Pero constatarlo, ver a tanta gente aguantando hambre es extremadamente doloroso. “Aquí el hambre guapea”, me dice una madre en La Boquilla.

Son miles –un cuarto de la población local- los que no comen tres veces al día, hombres, mujeres, niños, ancianos. Esa carencia no distingue y es flagelo que aguijonea no solo el estómago sino el espíritu y la mente. Es, también, caldo de cultivo para la explotación sexual de niños y adolescentes. Se sabe de padres que prostituyen a sus hijos, familiares que empujan al infierno de la trata el sexo por física necesidad. Una conducta que no admite justificación pero que desgraciadamente también es realidad. Muchos niños tienen la oportunidad de hacerle el quite al hambre en sus colegios pero el Plan de Alimentación Escolar (PAE) se llenó de perversidad y corruptela. En ocasiones pasan meses sin que se oficialicen los contratos y eso obliga a los pequeños a comer en casa. Pero en casa no hay nada o muy poco y estudiar con hambre es un tormento.

En las calles, incluidas las de la ciudad vieja y la zona turística, pedir limosnas para llevar algo a la boca es un cuadro permanente, agravado ahora con la presencia de venezolanos que imploran caridad empujados también por las necesidades más apremiantes. Esta inquietante radiografía que lacera la periferia citadina contrasta con la llamativa y portentosa ciudad que se llenó de riquezas y elogios, una Cartagena que pareciera estar edificada en otros mundos.

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