El icopor y el mar

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Cada inicio de semana las playas amanecen tapizadas de blanco. Sobre la arena yacen cientos de vasos y cajas de icopor abandonadas por los usuarios de los servicios ambientales que estos sitios de recreación ofrecen de forma gratuita. Para quienes los dejan allí, así como para los que los arrojan sobre las calles, la ciudad y el relleno sanitario son lo mismo. 

Muchas urbes mundiales prohiben usar icopor en recipientes para alimentos, entre ellas San Francisco y Seattle. New York también lo hizo hace unos meses, pero casi de inmediato la Suprema Corte de Justicia de Manhattan frenó la iniciativa aludiendo que este producto es reciclable. Al tiempo, la poderosa industria del icopor calificó la prohibición de irracional, arbitraria y caprichosa, entre otras cosas.

Los argumentos para prohibir los recipientes de icopor en las ciudades tienen varios aspectos. En primer lugar, sólo pueden ser usados una vez. Es decir, no son re-usables y la tecnología para reciclarlos no está disponible, al menos a un costo razonable. Siempre alcanzan el mar, en donde son un verdadero problema para los organismos marinos, los cuales confunden los pedacitos desintegrados con alimento, y con la ingestión, pueden bloquear su intestino y matarlos. El icopor en el agua actúa como una esponja y es capaz de capturar y concentrar cientos de contaminantes, que al ser incorporados en los peces terminan en nuestra mesa.  Otro punto de especial interés es que el icopor al calentarse, por ejemplo con café o sopa, o cuando lo ponemos en el microondas, libera estireno, el químico empleado para su fabricación, cuya exposición crónica ha sido asociada con cáncer, problemas de visión y diversos efectos en el sistema nervioso, entre otros.

Muchas empresas en el país, grandes y pequeñas, ya no usan icopor en los recipientes que ofrecen al público. Es una buena señal, pero en general la situación no mejora. En Cartagena, el problema del icopor galopa con el de los vasitos de plástico para el tinto. Ambos comparten problemáticas, en especial la de un grupo de tóxicos denominados disruptores endocrinos. Sería bueno que muchos de los que se jactan hablando de la sostenibilidad de la ciudad, empiecen a pensar en el icopor y su impacto sobre la salud de la gente y la retina de los visitantes. Los invito a leer, y usando la razón y no el estómago, decidamos entre todos si este material deberíamos considerarlo sólo como un elemento del pasado.

*Profesor

@joliverov

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