El infierno de Catalina*

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Catalina* tenía 14 años cuando fue reclutada a la fuerza por la guerrilla en los Montes de María. También se llevaron a su hermana, un año mayor, y las condujeron a un campamento cercano para entrenarlas en los terribles oficios de la guerra que se vivía en aquellos territorios de gaitas y gente buena. La madre de las pequeñas que ayudaba en los quehaceres de la casa y la parcela donde vivían, se fue a buscarlas llena de dolor y valentía. Le devolvieron la mayor y se quedaron con Catalina, quien permaneció casi dos años en las filas. Sufrió lo indecible, fue herida en combate, vio morir a una compañera atravesada por las balas y cuando quisieron abusarla sexualmente, huyó aprovechando un descuido de los subversivos. Conocía aquellas montañas como la palma de sus manos.

Se fue a una ciudad desconocida y fría. Vivía escondida pensando en su humilde familia y temiendo que si la encontraban sobrevendrían padecimientos mayores. Poco después fue detenida por las autoridades acusada de guerrillera y llevada a la cárcel en Sincelejo donde la trataban como a una delincuente. Ahí permaneció varios meses mientras un abogado trataba de convencer a la justicia de que esa niña no era una criminal sino víctima del conflicto armado y que se le estaba revictimizando sin contemplaciones. Pasaron meses antes de recobrar la libertad y años para que el Estado reconociera su condición de víctima y le entregara en compensación por todos los daños causados, ocho vacas para que viviera de ellas el resto de su vida.

En Colombia hay miles de Catalina. Niñas, niños y adolescentes a quienes se les frustra la inocencia llevándolos sin piedad a un insondable mundo de brutalidades donde han sufrido los rigores de un conflicto armado de más de medio siglo, monstruo de mil cabezas que se niega a desaparecer porque recibe combustible permanente desde distintos flancos para que no termine. Guerrilla, paramilitares, mafias del narcotráfico, grupos delincuenciales de todo tipo y hasta la fuerza pública, han abusado de aquellos menores condenados al suplicio.

La reciente muerte de ocho (¿18?) menores en un bombardeo de la Fuerza Aérea a un campamento guerrillero en Caquetá, cuyo desenlace político fue la renuncia del ministro de Defensa, no exime de culpa a quienes los reclutaron ni a quienes lanzaron las bombas. Y mientras se siga alimentando con gasolina ideológica la candela del conflicto, que algunos niegan mientras soplan cada vez con más fuerza para que no se apague, habrá muchas más Catalina empujadas al infierno.

* Nombre cambiado.

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