Columna


El magistrado gaveta

CARLOS VILLALBA BUSTILLO

13 de octubre de 2013 12:02 AM

Jóvenes, les dijo una profesora de Derecho Constitucional a sus discípulos, no crean ustedes que en las Cortes encargadas de preservar la integridad de la Constitución las cosas son muy ortodoxas. De las sillas de sus propios jueces  y conjueces salen, con frecuencia, las ojivas nucleares más devastadoras contra esos estatutos que tanto se invocan y tanto se atropellan.

– ¿Cómo así, profesora? –quiso saber un alumno.

–Respondo con un ejemplo. En un tribunal constitucional hay un Fulano a quien llaman “el magistrado gaveta”, porque siendo miembro de la Sala de Revisión de Tutelas engavetó una de esas acciones, instaurada contra unos amigos de él muy ricos, alineados por la raza, pues presentía que sus dos compañeros revisores harían, al momento de fallarla, una mayoría adversa a los intereses de aquellos magnates en apuros. ¡Tensiones del compañerismo hostil!

–Profesora, no entiendo lo de alineados por la raza, dijo el mismo alumno.

–Es que el magistrado y sus protegidos provienen de los dominios de Bashar al-Asad, muchacho, y, además –lo olvidaba–, están emparentados.

–Ya entiendo.

–Un acto como el de la gaveta –siguió la profesora– afecta la majestad de la Justicia y desdice de la dignidad de un magistrado que conozca su misión. Un juez de rango debe ser justo y riguroso para proveerse del arrojo sublime de los personajes respetados. No puede ser un burócrata que, al ponérsele en contexto, como se dice ahora, resulte superior el empleo al empleado.

–O sea, profesora, un intrigante con fortuna.

–Tal cual, porque advierte que su importancia obedece, de modo exclusivo, a que tiene carro con conductor, escoltas de civil y uniformados, e invitaciones a los cocteles que brindan, verbigracia, los presidentes de los fondos de pensiones, cuya generosidad no se circunscribe al licor y las picadas. Y cuando va a la provincia a mirar los animales que tiene en su finca, descubre que por sus heredades existe la prolongación espontánea.

El viejo Hemingway se sorprendió cierta vez, en la ciudad ducal de Segorbe, con varios bastones hechos de una madera que sólo había visto en África, durante una de sus excursiones de cazador. Compró uno y les dijo a su amigo Bill Davis, a su esposa Anita y a Gianfranco Ivancich, que aquella era la madera ideal para las gavetas de los escritorios, porque conservaba el papel como si acabaran de sacarlo de la resma. En una gaveta de dicha madera hallaron, luego de su muerte inesperada, los originales de “El verano peligroso”, la vistosa crónica sobre los “mano a mano” de Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín en 1959.

¡Eureka!: la madera de las gavetas del magistrado fue traída de Segorbe, por encargo especial del togado, y el carpintero que las hizo se lució con el serrucho,  el cepillo, las lijas y el barniz.

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