Columna


El mejor vino

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

19 de enero de 2021 12:00 AM

Recuerdo con cariño mi época de estudiante universitario en la que pude experimentar situaciones difíciles y al tiempo enriquecedoras, muchas relativas a la frecuente carencia económica. Sin embargo, no faltaron los buenos momentos que me permitieron conocer seres especiales, de esos que avivan la esperanza en la humanidad. En aquella época me era casi imposible ir a un restaurante fino y mucho menos tomar vino, solo lo probé un fin de año, de manzana y sin corcho.

Tuve la oportunidad de ser dependiente judicial en la oficina del abogado Juan Carlos Cabarcas, gracias a él conocí la tertulia liderada por Javier Mariño Mendoza, excelente jurista y mejor persona; para ese entonces hacían parte del grupo los virtuosos Germán Mogollón Hernández y Hernando Sierra Porto, en la actualidad se suma mi querido amigo Édgard Osorio. El asunto es que acostumbraban a reunirse en almuerzo largo los viernes, normalmente yo no hubiese tenido cabida, pero todos me acogieron fraternalmente sin importar la falta de dinero para pagar las cuentas y la gastada pinta.

En una ocasión el restaurante escogido fue de lujo, ahí estaba yo junto a los demás con la cara bien puesta. Javier, como buen sibarita, ordenó un vino tinto y el mesero poco observador optó por presentarme la botella justo a mí, sin imaginar que no sabía ni por qué, ni para qué del ritual vinícola. Ante la mirada de los presentes intenté descorcharla con las manos, obviamente sin éxito, uno de los amigos salió en mi auxilio y bueno, la mamadera de gallo podrán imaginarla.

En estos tiempos ese penoso episodio sería muy extraño, el vino fue democratizado, ya no es exclusivo de la élite, debido a los bajos precios muchos pueden acceder a sus virtudes y de hecho lo hacen para deleitar el espíritu en los festejos y también como bebida curativa de algunos malestares de salud, o por lo menos, ese es un buen pretexto que pareciere venir del propio Dioniso. Hoy en todas las reuniones aparecen catadores que verifican las propiedades descritas en la etiqueta y degustan, extrañamente siempre asintiendo para certificar la calidad de la cepa.

Admito que nunca he podido diferenciar los vinos selectos que me han brindado, de aquel espumoso de manzana decembrino y así he podido disfrutar cada sorbo como único y majestuoso, sobre todo por los momentos especiales que se comparten sin prevenciones ni juicios, solo al vaivén del amor puro, el que no espera nada y tampoco se detiene en el estado del bolsillo.

Tal lo dijera George Brassens: “El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte”.

*Abogado.

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