Columna


El niño Dios es cartagenero

A los niños cartageneros, el sufrimiento los asfixia desde el vientre de su madre y su agonía es infinitamente superior a la de El Nazareno.

HENRY VERGARA SAGBINI

HENRY VERGARA SAGBINI

03 de diciembre de 2018 07:04 PM

El 24 de diciembre de 1223, Francisco de Asís, el santo austero y humilde, inventó el pesebre en una cueva de los montes de Greccio, para celebrar la Navidad y, desde entonces, el mundo católico arma pesebres a principios de diciembre y los desarmamos en enero, en un círculo infinito de villancicos y aguinaldos.

Pero en Cartagena los pesebres de carne y lágrimas jamás se desarman. En épocas coloniales, como aún ocurre, sus calles eran verdaderos barriales en invierno e inmensos polvorines en verano, resultando muy fácil tropezar, mientras se caminaba por sus aceras, con despojos mortales de gatos, perros y ratas, acechados por danzas frenéticas de gusanos, moscas y cucarachas. La gente se incomodaba y maldecía ante la inoperancia de las autoridades, luego sacudía con asco sus zapatos y seguía su camino sin mirar atrás. Hoy, en la Cartagena del siglo XXI, los cadáveres de animales fueron remplazados por cuerpecitos de niños y niñas silvestres, desplazados por la tiranía y la miseria, que permanecen inmóviles, casi muertos, arrullados por la traba del pegante o del bazuco, tirados sobre parques y pretiles, disputándole el espacio a las basuras de la noche anterior.

En Cartagena de Indias, la bien nacida y bien nombrada, una bandada de torcazas y azulejos con sus alas rotas, “afean” el paisaje de una ciudad graduada de indiferencia desde su fundación el 1 de junio de 1533. Antes, como ahora, la ciudad pasa sobre ellos, Biblia en mano y la Constitución Nacional pudriéndose en el sobaco.

Es cierto: aquí, durante todo el año, jamás se desarman los pesebres de la desigualdad, mucho más verosímiles que las figuras de yeso usados en las novenas de Navidad. Y es que Jesús, nacido en Belén de Palestina, pasó sus primeros años en un hogar humilde pero digno, protegido, celosamente, por sus padres celestiales y terrenales, de ángeles cantores, pastorcitos y generosos Reyes Magos. Por el contrario, el Niño Dios cartagenero, maltratado inmisericordemente por la abominable e intocable corrupción, jamás será visitado por celebridades y los “magos” llegan dispuestos a prostituirlo.

A estos niños cartageneros, el sufrimiento los asfixia desde el vientre de su madre y su agonía es infinitamente superior a la de El Nazareno, quien pudo vivir y predicar su palabra luminosa hasta los treinta y tres años, mientras que los nuestros son torturados y crucificados a la misma edad en que, al Niño Dios, le prepararon su primera compota de garbanzos.