Columna


El oficio más bello

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

15 de agosto de 2020 12:00 AM

Siempre he dudado de la frase “el periodismo es el oficio más bello del mundo”, que tanto pronunciaba Gabriel García Márquez y que sus admiradores cercanos siguen repitiendo, como para congraciarse con él. Pero no lo creo; y a lo mejor no me quede bien decirlo, porque yo también cargo un cartón de periodista.

Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo. Para mí, el oficio más bello del mundo siempre ha sido la docencia, aunque los profesores se mantengan en el anonimato y hasta sean menospreciados por nuestros malhadados sistemas de gobierno.

No obstante, y aunque en cada ser humano habitan un ángel y un demonio, si hacemos un balance histórico (por corto que sea), el periodismo ha resultado más dañino que la docencia; y más en estos tiempos en los que el periodista se convirtió en una estrella de rock; y los medios de comunicación, su escenario, cuyos efectos son directamente proporcionales a sus posibilidades: entre más poderoso es un medio, más daño le hace a la sociedad que lo recepta.

Todo eso lo he venido a reafirmar cuando me enteré de la labor que viene cumpliendo un grupo de profesores de un colegio público en el corregimiento de Macayepos, donde hace unos años se perpetró una masacre y un consiguiente desplazamiento humano, cuyas heridas aún arden en lo más profundo de la memoria.

Algunos de esos estudiantes (por no decir la mayoría), durante los primeros días en que sus familiares volvieron al pueblo, mostraban dificultades de aprendizaje y de convivencia, pero esas escaldaduras del alma se han ido secando desde que los profesores pusieron en marcha lo que ellos llaman “la pedagogía de las emociones para la paz”.

Mediante esta metodología, los estudiantes han ido superando los resentimientos, la baja autoestima, el temor, la desesperanza, el desconcierto y la ira; conmovedora gestión en contra del periodismo que llegaba a Macayepos a competir por quién encontraba la historia más escabrosa, para abrir los telenoticieros o encabezar las portadas de periódicos y revistas.

Pero ahora que Macayepos perdió importancia, porque ya no hay masacres ni desplazamientos, llegaron los profesores –enhorabuena— a transformar las cenizas en abono, mientras los periodistas miramos para otros lados, en busca del escándalo que nos inflame el ego.

Enseñar es recordar --ha dicho Platón--, y en el solo acto de que un profesor despierte en un niño el conocimiento de vidas pasadas, hay una prueba fehaciente de la existencia de Dios. Y así, quién sabe cuántos profesores labran el milagro en algún remoto pueblo colombiano, pero solo serán noticia el día que alguno de ellos ahogue su ángel y deje crecer el demonio que lo habita.

*Periodista.

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