El pacto 2033 es ahora

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La magnánima iniciativa que lidera la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez para tener una ciudad transparente, inclusiva, segura, competitiva y sostenible al 2033 es una utopía si la intervención no es ahora no solo porque como está planteada evita poner el dedo en la llaga, sino porque planes a plazos largos no funcionan ni con la ONU, y siempre son la salida ganadora para los políticos. Si avanza, fue nuestra idea; si fracasa, los gobernantes posteriores no hicieron lo necesario. La ciudad requiere acciones ya, ejercer la autoridad ejecutiva y destripar la cucaracha de la corrupción.

Vicepresidenta, para empezar, por favor solicite la lista de empresas con exenciones de impuestos, disfrazadas o directas. Notará que son prósperas, y que esa platica regalada, en vez de mitigar la pobreza, la agudiza. Muchas de nuestras empresas no evolucionan, su razón de ser, las comunidades y los trabajadores, aún no está por encima de aumentar las utilidades. Una fracción de este dinero haría funcionar los pisos abandonados en el Hospital Universitario.

Las luces navideñas que los empresarios de excelso corazón donan al Corralito en diciembre alcanzan para construir por lo menos dos edificios adaptados a cambio climático en el Pozón, sacando a 12 familias de la pobreza extrema. Si el alcalde ajusta su pantalón y recupera los peajes que son del Distrito, esa cantidad de obras aumentaría exponencialmente en poco tiempo.  

Vicepresidenta, ¿sabía usted que las fortificaciones de la ciudad no aportan un céntimo a educación o salud de los cartageneros? Por lo menos dos dólares de cada entrada debe llegar al Distrito para sostener el restaurante de una megaescuela, incluyendo pagarle al chef y usar alimentos orgánicos. Todas las escuelas avanzarían si las chivas rumberas, coches, botes, entre otros, aportaran unos cinco mil pesos por servicio prestado. Inimaginable lo que se haría con la misma suma pagada por cada día que un turista nos visite o tonelada de mercancía movida desde los puertos. Los prestadores de estos servicios ganarán más, dado que la gente querrá venir a Cartagena a ayudar con su presencia.

Si la construcción en los estratos altos no aporta, es decir, si por cada apartamento construido no se entrega un 5% de su valor a la ciudad para levantar viviendas adaptadas a climas extremos, con centros urbanos sostenibles en barrios muy vulnerables, Pozón y Olaya, entre otros, la inequidad en su expresión más sofisticada, seguirá inflando la pobreza. Esta locura no es de talleres o pactos, es de lo que cada uno de los habitantes del barco contribuya cuando el agua está al cuello.

Rescatarlo es ahora o nunca. Vicepresidenta, gracias y no nos abandone.


 

 

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