Columna


El pan nuestro de algunos días

HENRY VERGARA SAGBINI

21 de septiembre de 2020 12:00 AM

Recuerdo cuando mi abuela Isabel Radi de Sagbini me pidió, allá en Calamar, que repitiera con ella el ‘Padre Nuestro’, oración sabia y elemental, pronunciada por Jesús de Nazaret hace más de dos mil años, monumento a la concordia de la arisca especie humana.

Cuentan las Sagradas Escrituras que sus discípulos solicitaron al Maestro enseñarlos a rezar, a ellos y a la multitud, y así comunicarse, silenciosa y honestamente, con el Supremo Hacedor, pues judíos y gentiles declamaban plegarias altisonantes acompasadas con sonoros golpes de pecho.

La imagen seguramente fue sobrecogedora: el Nazareno se puso de pie y, ante la multitud que lo aclamaba, desgranó el eterno ‘Sermón de la Montaña’.

Sin importar convicciones ideológicas o sacrosantas, el ‘Pater Nostro’ es la esencia de tratados humanitarios, constituciones políticas y códigos con los cuales se ha intentado, inútilmente, impartir justicia quizás porque en ellos emplean el mismo lenguaje extenso, confuso y rimbombante de los fariseos.

“Danos hoy el pan nuestro de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, condensa la más justa y equitativa de las políticas de Estado y del compromiso individual a deponer odios y rencores, enfundándonos la túnica del ‘Buen Samaritano’.

Así de sencillo, sin necesidad de referéndum, pactos en Estocolmo, Caracas o La Habana. Y es que la lucha por la subsistencia y no las ideologías ni las creencias religiosas, encienden la mecha, a lo largo y ancho de la historia, de todas las revueltas sociales.

Hoy como ayer, las dos terceras partes de la humanidad sufren la peste de la guerra y, no es coincidencia, que también, a las dos terceras partes, les falta “El pan Nuestro” en la alacena.

No se trata del pan insípido entregado como limosna, Jesús se refiere al amasado con el sudor de la frente, aliñado con salud sin barreras, techo, barriletes y pupitres.

El Hijo del Carpintero no se quedó en promesas: multiplicó los panes y los peces calmando el hambre de la multitud que lo seguía, milagro que se repite, a manos llenas, en ríos, mares, campos y montañas colombianas, brindando cosechas abundantes todo el año, pero tristemente, aún mueren niños de hambre y desaparece el pan de los comedores escolares.

Quizás por eso aquí no sabemos lo que es paladear un solo día untado con las mieles de la paz y, cuando perdonamos, se nota a leguas que lo otorgamos de colmillos para fuera.

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