Columna


El profesor Wilfrido

LUIS RAMÍREZ CASTELLÓN

15 de mayo de 2022 12:00 AM

“Triste partida de un gran amigo,

deja un legado y un ejemplo que seguir.

Su vida se apagó en un país, que aún no alcanza a entender el valor supremo de ella.

Melancólica nación donde la pérdida de la vida es solo una fría cifra”.

Esa dedicatoria, que no se quién la escribió, pero que infiero, que fue uno de los tantos y muchos amigos que cultivó y dejó Wilfrido, porque los tenía a granel; la recogí en uno de los chats de maestros, donde en medio del desconsuelo, se encuentra todo tipo de manifestaciones de dolor, rabia y tristeza, por el amigo que se fue, sin tener tiempo, siquiera de decir adiós.

Wilfrido era un trotamundos de la escuela y de la vida, por eso, era común y constante verlo con su mochila cargada de esperanza, esa que nunca dejó y que estoy seguro, que también la llevará colgada o al lado de su cuerpo, en su última morada.

Su familia y sus alumnos lloran sin cesar, por el padre, hermano y profesor que se nos adelantó en la muerte, fruto tal vez, de la naturaleza de un servicio médico – asistencial rampante, y deshumanizado, en el que la persona como ser, no es un paciente, sino un cliente, expuesto a las leyes del mercado globalizado y al que la vida, parece no importarle nada.

En las marchas de maestros solía vérsele siempre o casi siempre, con atuendos y mensajes muy particulares, que representaban y denotaban amor, convivencia, justicia y defensa de la vida y la educación; la mayor parte de ellos, sacados de la Biblia, de documentos religiosos, de encíclicas o de palabras expresadas por el papa Francisco, quien fue para él, una especie de líder espiritual, como ese que exhibió en una de las últimas jornadas de protesta, en que vestido a la usanza del papa decía: “Defender al pobre no es ser comunista, es el centro del evangelio”.

En razón a su discurso pedagógico redencionista, guiado por el evangelio, siempre creí que Wilfrido tal vez, sin saberlo o proponérselo, ni hacer alarde de ello, estuvo influenciando también por el pensamiento pedagógico social Freiriano, inspirado en una educación reivindicativa del ser, en la búsqueda del pleno y auténtico desarrollo del otro, desde la libertad, la comunicación, con el y por el otro, desde condiciones dignas.

Un día me dijo, parafraseando al escritor humanista español José Luis Sampedro: “Mi pedagogía siempre se reduce a dos palabras: amor y provocación”. Provocación e indignación es la que sentimos, sus amigos, y sus alumnos de Juan José Nieto, su amado colegio, cuya silla, en el salón de profesores, siente la soledad por la ausencia física de ese peregrino de la enseñanza, sobre todo, en este mes, en que se celebra el Día del Maestro.

Esperamos que el sindicato de maestros, a ese que él perteneció y dignificó cumpliendo sus tareas en defensa de la educación pública, levante su voz en forma enérgica, para que si su fallecimiento fue responsabilidad del centro médico, lo asuma y la verdad de los hechos, no queden en el camino de las acostumbradas investigaciones exhaustivas. Paz en su tumba.

Rector- I.E. Soledad Acosta de Samper.

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