Columna


El prudente silencio

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

13 de febrero de 2024 12:00 AM

“Me he arrepentido de haber hablado, pero nunca de haber guardado silencio”: Publio Siro.

Pareciera que la condición biológica del ser humano lo empuja a socializar con sus congéneres, justo por ello, desde el inicio de los tiempos hemos experimentado los avances propios del contrato social, que implican un camino hacia la civilidad. En la época actual tenemos una hipercomunicación, no solo mediante el lenguaje tradicional que se transmite voz a voz o por la otrora complicada forma escrita; sino por la amplificación y masificación de los mensajes que se emiten raudos, muchas veces sin reposo o reflexión. De esa forma es que la idea quema y atraganta, como si se comiera un pan caliente directamente del horno encendido.

Las personas tienen la lengua veloz y también los dedos para chatear por medio de las redes. Se ha proliferado la imprudencia o más bien se hizo evidente. Existe un apetito insaciable por sentarse en la palabra y recibir atención; como una especie de ansiedad que estimula una verborrea interminable, innecesaria y peligrosa.

Se nos ha olvidado que somos esclavos de lo que hablamos y dueños de lo que callamos. Exponemos nuestro prestigio y la tranquilidad por minutos de reflectores. Nos entregamos a los otros sin reserva, informando lo que normalmente debe mantenerse en discreción: nuestros planes, problemas de salud, intimidad, finanzas, debilidades, en fin. Perdimos el tino para ser selectivos, ahora cualquiera accede a los tesoros que representan la información reservada. Nos convertimos en cosa de todos. Lo peor es que no necesitan preguntar, porque nos disparamos como escopeta vieja hablando con descontrol hasta de lo que a nadie le importa.

En una sociedad tan perversa ya no solo pecamos porque somos confiados o necios, pienso que somos irresponsables al brindarle insumos al otro para que nos destruya. Debemos tener presente que mediante las expresiones somos perfilados y no siempre para bien. En esta peligrosa escena es mejor no dibujar el camino a recorrer o no darlo a conocer más allá del círculo comprobado de confianza. De esa forma, encajar los palos en la rueda que te moviliza será más difícil y quizá podrás llegar al puerto esperado.

Debemos comprender y apreciar el valor del silencio, que no por lujo es un derecho. También aprender y ejercitar el autoanálisis que parte de la contemplación sincera y autocrítica de lo que somos. Estar dispuesto al cambio para bien y crecer con madurez, dejando de ser presa fácil de los depredadores en la sociedad de odios.

Ahora bien, si te complace ser un libro abierto y quieres seguir como una red WIFI sin contraseña, te deseo la mejor de las suertes en el tránsito por el camino sinuoso de la candidez anacrónica. En todo caso, si sientes el impulso de decir algo inane, dañino, no verificado o calumnioso, mejor muérdete la lengua o los dedos.

*Abogado.

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