Columna


El que no sabe, no sabe

GABRIEL RODRÍGUEZ OSORIO

30 de agosto de 2021 12:00 AM

Desde que los BIC y en general el patrimonio arquitectónico de Cartagena pasaron a manos del Ministerio de Cultura, y los cartageneros perdimos la potestad de preservarlos, han empezado los problemas. Y no una, sino varias veces. Tal vez por desconocimiento de los bogotanos sobre el tema, además de tener a su haber la destrucción en aras del divino progreso, de todo el patrimonio de arquitectura domestica española de clima frío del barrio La Candelaria.

Los cartageneros hemos cuidado el patrimonio como ningún otro pueblo. Nuestros arquitectos se han especializado en las mejores escuelas del mundo para su preservación. Tenemos un taller donde se preparan a los mejores carpinteros de madera y piedra para su mantenimiento.

Es imposible manejar el patrimonio a 1.000 kilómetros de distancia y a 2.600 metros sobre el nivel del mar, con una temperatura media de 14 grados centígrados, mientras la implacable salinidad del clima cartagenero, con temperaturas por encima de los 35 grados centígrados, nos han convertido en expertos para preservarlos, debido a que sus muros son víctimas de los hongos. Primero, fue el edificio Acuarela, el cual logró su desarrollo por una negligencia del Ministerio ante la solicitud (oficio IPC-OFI-0001277.2016) del Comité de Patrimonio del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, ante lo desproporcionado de su construcción tan cerca al cono visual del fuerte San Felipe.

La solicitud fue respondida por el Ministerio de Cultura un año después, cuando ya el proyecto había logrado la aprobación de la licencia de construcción, debido a que la Manzana 186 donde se desarrollaría, no estaba afectada. La que se afectó, para enmendar el error, posteriormente, cuando ya la obras civiles del edificio habían empezado. Por eso no han podido demolerlo como se requiere, porque sí afecta al fuerte, pero la edificación cumple cabalmente con la normativa (Acuerdo 0977 de 2001 y la Ley de Vivienda 1537), y han aducido como buenos bogotanos toda clase de artilugios para derribarlo.

Después, el Ministerio, en su función y objeto, debió reglamentar los plazos para la formulación y aprobación del PEMP, y no lo ha hecho. La incertidumbre es total. Ahora, la alharaca con la pintura del pañete del fuerte San Sebastián, en Manga, el que siempre ha estado pintado de amarillo, como lo están muchos baluartes y artillerías, ya que ese color viene del uso de la Gutagamba, que es una resina amarillenta, sacada de un árbol, una especie de barniz, para no solo darle el acabado, típico de la influencia de la escuela italiana (que usaban además otros colores: azul, verde, índigo, bermellón), sino de protegerlo contra la intemperie.

El amarillo se ve por doquier: en el fuerte San Felipe, en los fuertes en Bocachica, en pañetes de las murallas, algunos, incluso, son originales.

*Arquitecto.

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