Columna


El sentido social de las universidades privadas

Boris Zetién

19 de mayo de 2022 12:00 AM

Las universidades privadas acogen gran parte de la población estudiantil colombiana, en especial las que manejan bajos costos en el valor de sus matrículas, posibilitando el acceso a la educación superior a miles de jóvenes que aspiran a ser profesionales. Sin embargo, se ha vuelto lugar común cuestionar a estas instituciones por carecer del prestigio y la trayectoria de las universidades de élite para otorgar títulos que garanticen al egresado su acceso al campo laboral. Se desconfía también de la enseñanza impartida en ellas debido a que aún no cuentan con acreditación de alta calidad (muchas están en el proceso de obtenerla), y tampoco ocupan un lugar destacado en el ranking nacional, por no hablar del internacional.

Apreciaciones de esta clase resultan injustas, puesto que desconocen el esfuerzo que las universidades privadas realizan por contratar docentes competentes, invertir en investigación, mejorar laboratorios y plantas físicas en general, mientras mantienen bajos los precios de las matrículas o, incluso, los disminuyen en momentos de crisis como el que se vivió durante la pandemia del COVID-19.

Se debe reconocer que las mal llamadas “universidades de garaje” suplen el enorme déficit que deja la universidad pública. Qué pasaría con los miles de jóvenes que no pasan el examen de admisión si no existieran opciones accesibles, cuando sabemos que en una sociedad tan desigual como la nuestra solo un pequeño porcentaje puede pagar el valor de un semestre en una universidad de élite. Las mayorías se verían obligadas a renunciar a su derecho a la educación superior y, de paso, a sus sueños, con las repercusiones que ello tendría en todos nosotros como sociedad. No habría posibilidad de movilidad social, la brecha entre ricos y pobres se haría cada vez más grande.

¿Es válido descalificar a estas universidades, que tienen proyección, pero carecen de la tradición de la que gozan apenas unas cuantas, desconociendo al hacerlo nuestra realidad y, por ende, el enorme esfuerzo que estas instituciones realizan día a día para formar profesionales integrales?

Estamos frente a una violencia epistémica que privilegia a los egresados de las universidades de élite, mientras los menos afortunados se ven abocados a sortear toda clase de obstáculos, sin que en muchos casos se les dé siquiera la oportunidad de demostrar su valía. Considero que como sociedad es nuestro deber valorar los procesos de formación académica que emanan de esas “otras” universidades privadas individualizándolas y tomándonos el tiempo para evaluarlas a ellas y a sus egresados sin los prejuicios de clase que tanto daño le hacen a esta dividida nación.

*Docente Programa de Derecho Unicolombo.

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