El silencio

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En el principio todo era silencio y el silencio lo era todo: ausencia de luz, carencia de sonidos y sentidos. La gran explosión, las cinco revoluciones y las redes sociales generaron milenios de ruidos en los cuales el silencio fue desplazado a los últimos confines del universo y de la mente.

Uno de los más aplastantes silencios es la hoja en blanco negándose a llenarse de palabras. Paz, Borges, Neruda y Benedetti compusieron centenares de letras mudas a la musa del silencio. Silencio creativo, en el cual lengua y palabras ceden espacio y tiempo para que el cerebro y el alma se expresen y el arte se manifieste a gritos de sentimientos y sentidos. Ya lo decía Obregón: “No hay órgano más silente que el ojo, el ojo no se oye y la pintura se hace con los ojos. Así como la música es el arte del sonido, la pintura es el arte del silencio”. Sin embargo, digo yo, aún la música tiene sus silencios. Uno de los más hermosos fue escrito, hace lustros, por Marco Antonio Solís, quien describió la profundidad del silencio en una lágrima, en los sueños perdidos, en los desgarradores gritos del dolor cayado. En su “Amor en silencio” hace toda una oda a la utopía de plasmar en palabras la solicitud de un perdón, la necesidad de resignación y la esperanza perdida al tiempo que reconoce que la ausencia de sonido expresa mejor el olvido que hemos sido en la hermosa voz de Juan Carlos Coronel.

El silencio reflexivo da serenidad y tranquilidad para sopesar decisiones. Ese silencio que reconoce que “el hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras”. Ese que surge como un grito de la garganta para denunciar injusticias, para ocupar todo el espacio y apoderarse de las palabras para dejar una callada evidencia. Lo dice el refrán: “Un silencio vale más que mil palabras”. O como mejor lo cantó Paul Simon: “Mis palabras como silenciosas gotas de lluvia cayeron e hicieron eco en los pozos del silencio”.

Sin embargo, el silencio permisivo es la máxima expresión del cobarde cómplice, incapaz de expresar su desacuerdo, “el que calla otorga”. Y al otorgar permite, por omisión, que las cosas sigan como están, que lo malo persista, que nada cambie. Allí el silencio es continuismo, amigo de ese otro silencio que, como brutal mordaza, se convierte en oprobiosa censura. Esos son los silencios que resbalan entre las olas de la injusticia y nos aplastan. Para la Fantástica el silencio es de dos vías: una, en ese abstencionismo silencioso, escandaloso, permisivo e irreflexivo que facilita las componendas de los clanes y da la mano al corrupto gamonal para amordazar la democracia; la otra, que resulta más increíble, que luego de elegir a expertos comunicadores, de grandilocuente verborrea, hoy, con excelentes candidatos, las encuestas nos digan, a gritos, que el mudo silencio de sus ausencias sea la mayor característica del que aún va en primer lugar.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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