Columna


El Socorro, 50 años

“No queda mucha gente de las primeras que ocuparon las casas sin repello y sin pintura; sin paredillas y con un solo patio que se extendía de una zona verde a otra. ..”

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

13 de diciembre de 2019 07:35 PM

“Como pasan los años y ni siquiera nos damos cuenta”, dice Poncho en su paseo “Los tiempos cambian”. Estoy seguro de que muchos de los que ahora tienen mi edad, o un poquito más, tampoco se dieron cuenta en qué momento El Socorro alcanzó el medio siglo. La mayoría llegamos muy pequeños; otros nacieron entre el monte y los abrevaderos de las vacas, que recorrían los terrenos aún sin amansar, donde nacía el meloncito de culebra, la verbena, la escobilla y una variedad de especies vegetales que nunca más he visto en ninguna parte.

Nada de eso queda. Las pozas y los riachuelos fueron tapados por el pavimento y se convirtieron en calles y andenes, que llevan décadas sudando el agua que no se deja amilanar por la embestida del “progreso”.

En las márgenes de las escorrentías crecían el junco y el bijao, que las mamás cortaban para tapar los calderos donde se cocinaba el inmancable arroz con coco; o servían en diciembre para envolver los pasteles que se repartían, con tazas de chocolate, durante las integraciones vecinales.

No queda mucha gente de las primeras que ocuparon las casas sin repello y sin pintura; sin paredillas y con un solo patio que se extendía de una zona verde a otra. Nada queda del frío montaraz que se desataba desde las cuatro de la tarde, ni de las fogatas de matarratón para espantar los mosquitos.

No hay un solo momento en que los seres humanos no pensemos en la muerte, así sea por unos cuantos segundos y sin importar la edad que tengamos. Soy uno de esos. Desde aquellos años fundacionales avizoraba que de toda esa gente que celebraba las peleas de Pambelé con el único televisor que había en la manzana, pronto no quedaría gran cosa.

Incluso, pensaba que yo (el de precaria salud) sería uno de los primeros difuntos. Pero el tiempo se ha burlado de mí. Se ha ido gente mucho menor que yo, por enfermedades o por tragedias, pero todos han dejado un susto permanente en los que aún podemos presenciar la transformación de El Socorro con sus calles convertidas en parqueaderos de carros o sus espacios verdes sembrados de edificios que derrotan la antigua bondad del clima.Se han ido muchos y otros se están muriendo. Es una lástima que no los tengamos para celebrar las anécdotas de las mudanzas, de las telenovelas mexicanas y venezolanas convirtiendo en teatros las casas ajenas. Es doloroso que no estén con nosotros para recordar a las abuelas y a las mamás que todavía no habían salido a conquistar el mundo, por estar en la terraza rayando el coco a las tres de la tarde, y viendo pasar los buses con sus pasacintas estruendosos. Pero allá donde estén, sabrán que no serán necesarios otros 50 años para que nos reciban ya sin camiones cargados de muebles, colchones, estufas y cajetas de ropas, tal como a finales de la década del 60 El Socorro abría sus brazos forrados de una maleza que pronto conocería la impiedad de las catapilas.

*Periodista.

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