Columna


El suicidio de una nación

CARMELO DUEÑAS CASTELL

05 de mayo de 2021 12:00 AM

Hoy es el Día Mundial del Asma. Hace dos mil años un niño conoció la desesperante angustia de convertir un acto reflejo, la respiración, en un esfuerzo voluntario, que le impedía pensar, hablar y respirar al mismo tiempo. Fuera invierno o primavera, día o noche, cuando ese silbido emergía de su escuálido pecho, avizoraba que tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano para que el aire entrara en sus pulmones. Con cada episodio, la soledad, su eterna compañera, y la dificultad respiratoria le regalaban tiempo de sobra para estudiar y fraguar su futuro: ser uno de los más sesudos escritores estoicos y el más elocuente orador del senado romano. Así ganó enemigos que perdonaron su vida suponiendo, craso error, que su apariencia enfermiza anticipaba un rápido fallecimiento. Políticamente resucitó como pretor y luego como tutor de Nerón. Por lustros el poder del imperio estuvo en sus manos. Con su excesiva riqueza creó gigantescos jardines que oxigenaron su asma, pero le granjearon más envidias. Finalmente cayó en desgracia y su otrora discípulo lo condenó a muerte. Para evitar el escarnio público se cortó las venas y el asma precipitó el final. Su legado escrito, en aparente contravía con algunos aspectos tortuosos de su vida, fue simiente del pensamiento occidental.

Pensé en Séneca al ver como después de más de un año de pandemia: la COVI se ha llevado miles de vidas, tiene otras tantas en vilo en UCI y en casa por la post-COVID mientras el gobierno, incapaz, sigue haciendo uso de las mismas soluciones drásticas, primarias y costosas para enfrentar la pandemia; la comunidad se queja de un estado pusilánime, pero sigue infringiendo las simples, sencillas y salvadoras medidas que han dado resultado en otros lares y que hoy debieran ser una norma de sobrevivencia; el mundo ha sido incapaz de una decisión concertada para liberar las patentes de las vacunas y acabar con la vergonzosa discriminación con que se han acaparado.

De contera, en el momento más crucial de nuestra historia, la carencia de liderazgo nacional y local, la absoluta orfandad de una clase política representativa, la falta de solidaridad, la gigantesca brecha de la injusticia social y nuestra actitud displicente como nación parece llevarnos al precipicio final.

El ‘efecto Séneca’ o ‘precipicio Séneca’, una juiciosa parábola sociológica para explicar el declive de las civilizaciones surgió de una sus sabias frases: “Sería un motivo de consuelo para nuestra fragilidad y la de nuestras obras, si todas las cosas perecieran con la misma lentitud con que se formaron; en cambio, tal como es en la realidad, los incrementos son de lento crecimiento y la ruina es rápida”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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