El trabajo infantil: una visión diferente

16 de junio de 2009 12:00 AM

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En un país civilizado, los niños solo tienen que estudiar y jugar, mientras el Estado y la familia le proveen sus necesidades. Así el trabajo infantil carece de razón. En naciones subdesarrolladas como la nuestra, el Estado no crea condiciones para una vida digna y se requiere en muchos casos incorporar niños a su fuerza laboral para procurarse medianamente el sustento. La nobleza de las campañas en contra del trabajo infantil no tiene discusión. El amor y el respeto por los pequeños soporta la defensa de sus derechos; ¿pero hasta qué punto tales campañas se centran en su objetivo, ignorando el contexto? A riesgo de ser mal interpretado, pienso que la extinción del trabajo infantil debe ser un fin y no un medio. Dejar cesantes a miles de niños que contribuyen con el sostenimiento de sus hogares, sin acompañarlos con políticas públicas de empleo para padres o familiares mayores, salud y asistencia alimentaria, entre otras, agrava la crisis de sus familias. Como resultado de la conmemoración del día mundial contra el trabajo infantil y de actividades locales en tal sentido, se escuchan voces que cuestionan que niños y niñas laboren; algunos empleadores, por efectos de la “presión social” y evitando problemas legales, prescinden de sus pequeños empleados. Se actuaría en justicia si los pequeños salieran directamente a una escuela, a tener por lo menos alimentos diarios y un lugar digno donde dormir, pero si se les deja en la calle, se estaría haciendo un aporte directo a la miseria y eventualmente a la delincuencia. Flaco favor cumple ese procedimiento a las familias cuyos chicos, por razones de pobreza extrema, proveen el pan diario. La eliminación del trabajo infantil debería tener diferentes etapas, incluyendo dignificar, controlar y regular su intensidad. Los niños y niñas que hoy trabajan -por ejemplo- en supermercados y almacenes, los que hacen recorridos en el mercado; los que venden flores, o reparten domicilios, tienen derecho a no quedar vacantes por cuenta de una campaña que busca beneficiarlos. Se debe vigilar que no sean explotados, que los esfuerzos sean acordes a sus capacidades físicas y mentales, que no excedan jornadas que les impidan ir a la escuela, pero no se les debe prohibir ganar los pesos que sus familias necesitan, por lo menos hasta tanto no se establezcan con regularidad otras fuentes de ingresos. En muchos hogares colombianos, especialmente del interior del país, se concibe el trabajo como soporte en la formación integral del individuo, en virtud de lo cual los pequeños aprenden el oficio de los padres. Para muchos la satisfacción del primer ingreso laboral es similar a la que genera un juguete nuevo. “He trabajado desde niño”, suele ser una frase que repiten con orgullo hombres y mujeres que han alcanzado éxito laboral. En el caso particular, habría preferido no trabajar desde niño; las circunstancias lo motivaron, como hoy lo siguen motivando en miles de hogares, pero siento que el pequeño aporte que en su momento hice al sostenimiento de los míos, contribuyó al crecimiento personal y a una concepción de responsabilidad. Por todo lo anterior soy partidario de la dignificación del trabajo infantil, antes que de su extinción. germandanilo@hotmail.com

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