Columna


El último hombre

ARMANDO MERCADO VEGA

14 de agosto de 2020 12:00 AM

En un aparte de su obra de 1826 El último hombre, Mary Shelley escribió: “... aunque diezmada, la raza del hombre perduraría, y con los años la gran plaga se convertiría en tema de asombro y estudio histórico. Sin duda aquella epidemia era inédita en cuanto a extensión, y por ello resultaba más necesario que nunca que tratáramos de frenar su avance”. En esta novela, la autora de Frankenstein describía un futuro distópico en el que una pandemia casi ponía fin a la humanidad.

Actualmente no han tenido que pasar los años para que el COVID 19 se haya convertido en tema de asombro y estudio histórico por parte de académicos. En las ciencias sociales un asunto que se ha vuelto recurrente es el impacto que tendrá la pandemia en la desigualdad social.

Según el historiador Walter Scheidel, las grandes pandemias que asolaron la humanidad hasta el siglo XIX paradójicamente originaban sociedades más igualitarias. Al escasear la mano de obra campesina producto de las muertes, esta se encarecía y las élites que dependían de la explotación de la tierra se veían obligadas a remunerar mejor a los campesinos sobrevivientes. Haciendo una exhaustiva comparación con los datos de la peste Antonina del siglo II, la plaga de Ciprinao del siglo III, las plagas de Justiniano de los siglos V y VIII, la Peste negra de siglo XIV, entre otras, Scheidel comprobó que la desigualdad de ingreso y riqueza disminuían notablemente. Sin embargo, los efectos igualadores de las pandemias no eran eternos. Al paso de uno o dos siglos, el tamaño de la población se recuperaba y volvía a los niveles anteriores a la plaga, por ende, ya no escaseaba la mano de obra. Más importante aún, como la mayoría de las pandemias se repetían a lo largo de los siglos en distintos brotes, las élites aprendían y tomaban decisiones políticas que limitaban las alzas en los ingresos de los campesinos. Pero además, el COVID-19 no necesariamente tendría el efecto igualador de las pandemias del pasado. En la actualidad la mayor parte de la mano de obra no depende del campo y las tasas de mortalidad del virus no alcanzarán -por suerte- las cifras de plagas anteriores. El efecto podría ser el contrario: un aumento de la desigualdad producto de las crisis económicas, la destrucción de muchos empleos y la automatización de otros. La reducción de las desigualdades en un mundo en COVID-19 y pos-COVID-19 vendrá pero por la vía de decisiones políticas. Fortalecer los Estados de Bienestar y no desmontarlos, aprobar proyectos de rentas básicas (universales, nacionales o locales), y, sobre todo, vigilar que las medidas de emergencia y excepción no sean utilizadas por ciertas élites para socavar los derechos laborales y las libertades democráticas en nuestras ya diezmadas sociedades.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivos.

* Profesor del Programa de Ciencia Política

y Relaciones Internacionales, UTB

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