Columna


El usurero

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

02 de marzo de 2021 12:00 AM

El código penal tipifica la usura indicando que incurrirá en esta quien reciba o cobre, directa o indirectamente, a cambio de préstamo de dinero o por concepto de venta de bienes o servicios a plazo, utilidad o ventaja que exceda en la mitad del interés bancario corriente. Ello con independencia de la forma utilizada para hacer constar la operación, ocultarla o disimularla. Esta delincuencia de gran impacto social está relacionada con problemáticas económicas inherentes a los países inequitativos como el nuestro.

El usurero es un personaje especial, ya que el necesitado ve en él un ángel salvador que mandó Dios para apaciguar las afugias, cuando la humanidad entera le había dado la espalda. Pero al pasar los días, el remedio divino se convierte en la peor de las enfermedades, en un ciclo amargo de cobros que recuerdan la pesadumbre dineraria que solo hallará solución ante el casi imposible pago.

El hecho de tener recursos lo ubica en posición dominante, el afligido aceptará cualquiera de las desproporcionadas condiciones con tal de asegurar el anhelado desembolso, por ello en la estructura del negocio será común, la ausencia de huellas sobre la realidad del contrato y los títulos firmados en blanco por el deudor; jamás se aceptará carta de instrucciones y mucho menos serán expedidos recibos por pagos o abonos; he ahí la dificultad para probar el crimen.

El oficio es tan pecaminoso como lucrativo por la avaricia o quizá la falta de oportunidades, personas de buen corazón entran al negocio y así encuentran la ruina, pues, para ser exitoso en este campo se requiere un temperamento feroz, además, ser insensible ante el mal ajeno y estar dispuesto a cobrar el capital y los réditos de mala forma, usando violencia moral, verbal e incluso física; muy pocos usan las paquidérmicas vías judiciales, prefieren caminos más expeditos, que han llevado a muchos a la quiebra, el desplazamiento y hasta el suicidio por la presión de los cobradores. Otros deudores son tan frescos que no los asustan los bravucones, más bien gozan al engañarlos, recuerdo una anécdota de Enrique Jaraba (q. e. p. d.) quien un miércoles santo, al frente de la gobernación de Bolívar le dijo a mi tío Luis Alfredo: “¡Cojo cien mil pesos a como me los pongan!”, se refería al monto de los intereses, que era algo sin importancia cuando finalmente, no tenía presupuestado pagarlos.

Jaraba era la excepción, pero, como lo expresó el papa Francisco en 2018: “La usura humilla y mata... actúa como una serpiente estrangulando a sus víctimas, es necesario prevenirla, sustrayendo a las personas de la patología de la deuda adquirida para la subsistencia...” y creo que aquello solo se logra trabajando por una sociedad igualitaria, con oportunidades dignas para todos.

*Abogado.

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