Columna


El Walichu

CARMELO DUEÑAS CASTELL

27 de septiembre de 2023 12:00 AM

Resultaba paradójico que mientras el resto de la tribu buscaba afanosamente la seguridad y el calor de las cuevas, él evitaba entrar. Era feliz cuando el viento frío de la blanca montaña le golpeaba la cara y quemaba sus mejillas. El mejor abrigo era su kau, un pequeño toldo que apenas lo abrigaba. La Patagonia abierta, casi desnuda y estéril, y al fondo el azuloso y gigantesco “kelta” le permitían vislumbrar con mucha antelación cualquier peligro. El nombre de su pueblo lo decía todo. Tehuelche, gente brava, gente de tierra estéril. Y entre los bravos él era el primero y esos días había cazado suficiente para garantizar alimento y caliente abrigo para el próximo invierno. La tribu entera reconocería su triunfo en la cueva, frente al calor de la hoguera. Sin embargo, para él, sería un suplicio más.

Cuatro ingratos recuerdos lo habían marcado para siempre. Eran esos los peores momentos de su vida y todos ocurrieron en la seguridad de la cueva. El solo pensamiento de entrar a la cueva le hacía correr un sudor frío por la espalda. Espeluznantes recuerdos le generaban pánico. No se atrevía a contárselo a nadie. El delicioso aroma de Lenga quemada le hizo abrigar la esperanza que esta vez todo saldría bien.

Los ancianos repartían las ofrendas, todos le homenajeaban mientras daban gracias a la madre tierra y al dios sol. Sin embargo, él, petrificado, trataba de olvidar las cuatro experiencias previas. Pero fue imposible, las tenía claras.

La primera, el anuncio de la muerte de su madre al dar a luz a su hermano menor, cuando el aún era un niño. Las siguientes fueron preludio de la invasión de la tribu vecina, la hambruna y enfermedades que acabaron con buena parte de su familia, incluyendo tres de sus hijos y su mujer.

Las cuatro veces había sentido lo mismo que la abuela le había contado cuando niño. Y desde entonces no sabía si era el único en sentirlo o su abuela le había trasmitido ese don perverso. Según la abuela, en las reuniones en la cueva, algunas veces, podía sentirse una extraña presencia entre ellos y eso era un mal presagio. A eso los ancestros lo llamaban Walichu o la presencia de un espíritu dañino “alrededor de la gente”; para otras culturas está dentro de la gente.

Sus esperanzas fueron vanas, pues fue solo entrar a la cueva y sentir esa funesta presencia invisible. Pero esta vez fue tan intenso que se dio cuenta de que no fue el único en sentirlo: vio el terror reflejado en el rostro de todos. La presencia parecía jugar con el fuego y mover las sombras en la cueva cual marionetas, como modelando el trágico sino de su inexorable futuro: la destrucción de los tehuelche y su cultura milenaria. Y así fue, como hoy, allí estuvo el Walichu...

*Profesor Universidad de Cartagena.

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