Elecciones, fiestas y marchas

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Una semana después de las complejas elecciones, con resultados sorprendentes que mantienen fascinados a muchos, indignados a otros y expectantes a todos, los cartageneros salieron masivamente a las calles, sin distingos de ganadores o perdedores, a disfrutar el jolgorio de sus Fiestas de Independencia.

Mientras un río humano desbordaba de colorido, música, baile y alegría la avenida Santander y numerosas calles de la ciudad, en una de las mejores y bien organizadas celebraciones populares de los últimos tiempos, a poca distancia, en las instalaciones de la Fiscalía General, casi en solitario un candidato derrotado a la Alcaldía insistía en denunciar un presunto fraude electoral.

Tal vez sin proponérselo, con estas acciones Cartagena dio un ejemplo de comportamiento social frente a las circunstancias, distribuyendo de manera proporcional las reacciones frente a la adversidad y la felicidad. De manera contundente se ratificó que cada acción tiene sus propios escenarios, que las respetables sospechas y denuncias deben ser tramitadas y dirimidas ante los organismos correspondientes, sin que medie la alteración de la tranquilidad y de la armonía colectiva.

El sentido de las Fiestas, la integración ciudadana para celebrar el acontecimiento histórico de la independencia, se cumplió a cabalidad. Salvo contados episodios de intolerancia, el entusiasmo que embargó a decenas de miles de cartageneros de nacimiento y de corazón, no hizo distingos de colores políticos, clases sociales, credo o raza.

Y no es que el pueblo ignore en los días festivos la existencia de los graves problemas sociales que le afectan, sino que con espontaneidad esgrime la defensa del gozo y de la esperanza como unas de sus valiosas reivindicaciones, y se resiste a ser despojado de estas. No hay protesta más efectiva que aquella que lleva un alto componente de alegría.

El comportamiento de los cartageneros durante la conmemoración de sus Fiestas de Independencia, sería buen ejemplo a seguir ante la convocatoria al paro nacional del próximo 21 de noviembre. Si bien existen sobradas razones para la protesta social, sería muy arriesgado caer en la velada incitación de unos pocos a repetir los recientes disturbios registrados en Ecuador y Chile.

Las marchas programadas para ese día no se van a detener por cuenta de los mensajes en redes que las descalifican de manera anticipada, y son más incentivadas con declaraciones y preguntas oficiales insensatas como la ya célebre “¿de qué me hablas viejo?”

No obstante, salir a marchar implica una enorme responsabilidad, que debe ser asumida por convocantes y participantes, para que estas se enmarquen en la armonía y la tolerancia, aislando cualquier brote de violencia, que sería perjudicial para todos. Al igual que la celebración de la independencia, en la protesta social debe predominar la alegría y la esperanza.

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