Elegir la personalidad

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En seis días conoceremos el nombre del próximo alcalde, y ya no habrá oportunidad para referirnos al proceso electoral, sino al resultado; a los hechos consumados. Aprovecharé este espacio para mostrar que es lo importante para mí al momento de decidir por quién votar en los comicios de próximo domingo. Una campaña electoral tiene muchos elementos accesorios que dificultan descubrir lo verdaderamente importante de cada uno de los candidatos. Para empezar, 1) la publicidad nos presenta atributos puramente cosméticos, que muestran al candidato como una mercancía, un muñeco de farándula, atractivo a los ojos; 2) el carisma personal es un poderoso atractivo de masas, que si bien facilita la gobernabilidad, no es garantía de capacidad administrativa; 3) la oratoria puede sonar atractiva a los oídos del elector, cautiva, pero no edifica; 4) las promesas, sin saber en realidad si puede cumplir, crean esperanzas en los desesperanzados, aunque la gente ya no crea en promesas, suele ser un elemento poderoso de seducción, y 5) la personalidad, que abarca los principios éticos y morales que se posean y se defiendan, la inteligencia racional y emocional, el carácter, la sensibilidad humana, la capacidad de trabajo, la disciplina, la seguridad en sí mismo, y la persistencia en el logro de los objetivos.

De estos cinco puntos, y puede haber más, lo que siempre trato de descubrir en el candidato de mi elección, es la personalidad: que es el alma del individuo. No es fácil, porque lo cosmético, lo accesorio y la capacidad actoral actúan como distractores; pero, identificándola como lo más importante, podemos desechar lo superficial y descubrirla.

Muchísima gente vota por el candidato que más le promete: por un puesto, un contrato, o un anticipo monetario o en especie, porque es ganancia personal. Y es entendible cuando hay tantas necesidades. Que le hablen en términos genéricos de salud, educación, vivienda, infraestructura urbana, movilidad, oportunidades de trabajo, no les impacta, porque saben que eso son promesas, que de cumplirse no puede beneficiarlos a todos: recibir una ayuda para mejorar la vivienda o construir en lote propio, por ejemplo, es como ganarse una lotería, porque no hay para todos, o porque no tienen el título de propiedad que se les exige. Igual, el ser adjudicatario de una vivienda de interés prioritario.

Es hora de pensar como sociedad, no como individuo. Desde Judith Pinedo, de quien fui un crítico racional y constructivo, no hemos tenido un alcalde en propiedad que dure los 4 años, ni quien le supere en obras de buen gobierno. Mientras otras ciudades como Barranquilla, Montería y Medellín han dado un salto positivo, envidiable, Cartagena, a pesar de tener recursos provenientes de la Unesco, y de su condición de Distrito Turístico y Cultural, sigue estancada.

*lng. Electrónico, MBA

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