Columna


Elegiste elegir

HENRY VERGARA SAGBINI

26 de octubre de 2020 12:00 AM

Prefieres, por encima de la gloria, el abrazo hipnótico y pendular de la hamaca con tu nombre tejido en la cabecera.

Añoras a los gitanos en sus cuevas embrujadas, su rumba sublime, las cascadas de vino y el ‘quiebracanto’ de las caderas en espiral.

Respetas la palabra empeñada, los pactos de sangre sin aferrarse a la tinta indeleble, al papel membretado ni al poder sacrosanto del agua bendita.

Cuando tus fuerzas se evaporan y se derriten los senderos, lo intentas una y mil veces hasta colocar tu palabra, tus huesos y tus sueños en la indómita cumbre de la terquedad.

Prefieres los besos engolosinados de tus nietos al deleite del Frozomalt, preparado en copas monumentales y fórmula ultra secreta, en la Heladería Americana, allá en los reinos de Estercita Forero, del Joe Arroyo y de Meira Delmar.

Elegiste sembrar antes que utilizar el hacha venenosa que convierte en desierto la piel de las montañas, en cenizas ardientes las praderas y el fondo del océano en camposanto de sirenas, algas y corales.

Elegiste declamarle a tus entrañas los versos de Benedetti incitándolas a que jamás se rindan a pesar de las tinieblas, miedos y fatiga: “Aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños”.

Anhelas desmontar, uno a uno, los monumentos de piedra erguidos en honor a los guerreros que masacraron y despojaron a los pueblos milenarios, y en su remplazo erguir obeliscos a los barriletes sin cola, libres y soberanos, a los pupitres, a los trompos de guayacán y, sobre todo, al trabajador honrado y a los zapatos cansados del arriero.

En este confinamiento con barrotes de miedo, ruidoso silencio y ojos oblicuos, el tiempo acelera su tranco marchitando tu altives y un día, frente al espejo, harás el inventario de todos tus esfuerzos buscando la llave de la esquiva felicidad, esa que florece en las sonrisas de los niños descalzos, en las gigantescas manos de las madres meciendo las cunas donde germina la esperanza y en la sazón inolvidable de la abuela logrando que, ¡jamás!, faltaran los tres milagros sobre la mesa.

Elegiste ser feliz creyendo era una luciérnaga encendida que debías atrapar, una cima en el horizonte o en la mitad de tus sueños. Te equivocaste: la felicidad va por dentro y no necesitas llave pues, como el arco iris, no tiene puerta.

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