Columna


Empleo, empleo, empleo

RODOLFO SEGOVIA

26 de septiembre de 2020 12:00 AM

Empleo y mas empleo, ese es el mantra del bienestar en sociedades que buscan ser ricas. Ahora con la pandemia, pero desde antes, la política económica en Colombia ha fracasado en crear las condiciones para empleos dignos y productivos. Va mucho tiempo de ocupaciones apenas marginales, cuando las hay, para más de la mitad de su población.

Una pata coja de la política económica es la insuficiente atención a la microeconomía, esa que estudia a los que crean empleo basal. Para los grandes agregados, la macroeconomía, la de los ministros de Hacienda y el glamour brillan profesionales muy duchos y aplaudidos. Le han servido bien al país, pero en su gran mayoría nunca han tenido que pedir un sobregiro para pagar la nómina. La microeconomía no es su fuerte.

Ahora bien, de la producción y el empleo se ocupa el empresario que es el pilar del bienestar. Un porcentaje de su producción, desviado de mil maneras, va a las arcas del Estado para que pueda proveer salud, educación, cultura, seguridad, justicia. Papá gobierno no crea nada, salvo en las ya pocas empresas del Estado, que sometidas a la disciplina del mercado y la regulación lo hacen bien. A los empresarios hay que consentirlos; son el motor del bienestar y hay que encausarlos con las señales adecuadas, y no solo de precio. Colombia ha sido muy errática en microeconomía.

El empresario no actúa en el vacío. A más de las señales de la demanda, debe considerar el entorno sociopolítico y fiscal. Ahí entra el Estado, para el cual el empleo de calidad, como instrumento de bienestar, debe ser prioridad. En Colombia no se está en ello. Al contrario, la carcome la locura burocrática y legislativa y la política del no dejar hacer. Y la apropiación de las instituciones por el egoísmo que da vergüenza e indigna. Manifestaciones pacíficas (y no tanto) contra ese estado de cosas están en el orden del día y, en ese entorno, no es de extrañar que el empresario oriente sus recursos hacia actividades especulativas de corto plazo o, en el mejor de los casos, la propiedad raíz. A don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, también le tocaron en suerte tiempos de descomposición durante el reinado de Carlos II (1665-1700), el último Austria español. Él, empresario, no dejó, empero, de vender los deliciosos quesos de sus haciendas en Turbaco y Mamonal, que gozaban de la protección gourmet.

La copa se llena para el emprendedor cuando el libre comercio es la doctrina dominante. Pocos parecen pensar en Colombia primero, en bienes producidos en el país. Tal planteamiento es tildado de paso atrás y así lo sostiene el consenso de los economistas, pero la dolorosa experiencia del ínfimo crecimiento en 30 años, a pesar de bonanzas energéticas que no siembran futuro, indican otra cosa. Nadie desea la cortina externa, eso tampoco es sensato. Se clama apenas por la revisión de los Tratados de Libre Comercio y por abortar los nuevos porque estrangulan iniciativas industriales y agrícolas. Su vigencia no es el ambiente para que el empresario arriesgue y cree empleo, empleo, empleo.

TEMAS