Columna


En Atenas se cuecen habas

RODOLFO SEGOVIA

RODOLFO SEGOVIA

15 de agosto de 2020 12:00 AM

En todas partes se cuecen habas, no solo en Aquarela. Mercachifes en Atenas construyen sin consideración por los espacios patrimoniales que usurpan. Por más que apelen a la letra de la ley, en su caso untada de corruptelas como en Cartagena, no pueden esconder que su pecado original es ubicarse donde sabían que obstruirían la visual de un bien cultural. A riego de pleonasmo, eso salta a la vista. La prensa internacional da cuentas de trujimanes que trataron de hacer de las suyas en Grecia. Alzaron un hotel de doce pisos que interfiere con el disfrute del panorama de Partenón en su colina. Hay que tener negrura de alma para atentar contra el símbolo cultural más representativo de la cultura occidental. Puñal trapero contra el templo que erigieron los griegos a su victoria contra los invasores persas y a las virtudes de la democracia. El templo dedicado a la diosa protectora Atenea se yergue restaurado en el acrópolis. En Atenas no se han andado con dilaciones. Apenas se hizo visible el tamaño del edificio ilegal, los vecinos demandaron a la constructora para detenerla. Intervino el Consejo Central de Arqueología, autorizado asesor del ministerio de cultura, como en Colombia el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, para conceptuar que al edificio culpable había que rebanarle varios pisos. Otros organismos gubernamentales se han pronunciado. Está ordenada su demolición y se procede. El San Felipe de Barajas cartagenero también tiene, proporciones guardadas, sus virtudes estéticas, lo que hace reprensible hacerle competencia en altura. Representa, además, la voluntad de defender unas ciudad; su sola presencia desencorajó nuevos ataques a Cartagena. Don Sancho Jimeno no conoció la imponente mole que nos dejo el ingeniero Antonio de Arévalo desde 1769, pero hubiese querido un fuerte así para oponerse en Bocachica a los piratas en 1697. Los truhanes locales, envalentonados por la permisividad, obtuvieron licencias para cuatro torres, cuyo conjunto opacaría a San Felipe, se robaron terrenos de uso público para construir sobre ellos y caparon pilotes y cemento hasta incumplir normas de sismorresistencia. Ahora se escudan en escarceos jurídicos temerarios, para dilatar la demolición y su inevitable asumir responsabilidades, confiados en la aparición de la Virgen o del más cercano San Dau. El alcalde William Dau es por lo menos pusilánime. Su cobardía amparándose tras un improcedente fallo judicial, le resta credibilidad a un funcionario que dice tener arrestos para enfrentarse a la corrupción y la busca hasta en las telarañas, ¡Qué mas corrupción que la de los constructores de la torre Aquarela! La contempla panorámica y opta por el estrabismo. Pantalones, alcalde. Refiriéndose a Atenas, donde desde el siglo IV AC se prohibieron edificaciones más altas que los edificios públicos, The Economist anota que las reglas serían más respetadas si los constructores tuvieran que temerle a sorber una obligatoria copa de cicuta, o, para ser más criollos, una dosis fuerte del chuchupaztle mexicano, que se le parece.

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