En el canto de la cabuya

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El Liceo de Bolívar germinó del vientre sagrado de la Universidad de Cartagena como Facultad de Bachillerato, funcionando en el Cuartel del Fijo desde 1944 hasta finales de 1964, cuando tomó posesión de su esplendorosa sede ubicada en el barrio Escalón Villa.

El gobernador de entonces, don Rafael Vergara Támara, cerró su discurso inaugural con reflexiones que no pierden vigencia: “Una juventud sin educación de calidad sería carne de prisiones y un país sin jóvenes educados no se desarrollaría con equidad”.

Como duele que, desde 1976, el otrora prestigioso Liceo de Bolívar agonice extraditado en una sede ajena y marchita del barrio Daniel Lemaitre. Aquella insensatez fue el castigo a las protestas estudiantiles, creyendo, como aún lo creen, que la fiebre está en las sábanas.

El Liceo no solo impresionaba por su impecable arquitectura; maestros de ‘raca mandaca’ garantizaban la excelencia académica mientras sembraban en sus discípulos semillas de autoestima y de malicia indígena, recomendándoles que, ante soluciones repentinamente generosas, “algo hay en el canto de la cabuya”.

Ser liceísta era un enorme privilegio. Acudían alumnos de toda la Costa Caribe, pues sus egresados tenían cupo seguro en la Universidad de Cartagena o en cualquier centro de educación superior, y sus docentes dejaban improntas indelebles.

Aún recuerdo al licenciado Jorge Valdelamar, catedrático de Historia, nacido y criado en el arisco barrio Getsemaní, quien se hizo célebre amalgamando ciencia y saberes populares mientras derribaba los muros de la historia oficial. “Todo cuento tiene otro cuento”, afirmaba sin pelos en la lengua, como sentado en los pretiles de la Iglesia de la Santísima Trinidad, otorgándonos licencia para destilar nuestras propias conclusiones.

En vísperas del 12 de octubre, el profesor nos dio su versión del Descubrimiento de América: “Aquí no hubo ningún descubrimiento. El ‘Nuevo Mundo’ era tan anciano como Europa, pero la historia del vencedor es distinta a la cubierta por la mortaja de las víctimas. Muchachos, ¡paren orejas antes de celebrar, de chévere, el Día de la Raza!”.

“España, en 1492, estaba arruinada, fruto de costosas guerras con sus vecinos y decidieron buscar oro y plata a como fuera lugar: reclutaron aventureros, indultaron delincuentes, dispuestos a enfrentar cualquier peligro, pero eso sí, entregando a sus majestades la mayor tajada disponible. Gritaban: ‘¡Son míos!’ y todo les quedaba escriturado, incluyendo dioses, huesos y palabras. ¡Cójanme ese trompo en la uña!”, y se retiró del aula, levitando sobre el aguaje cimarrón de los getsemanicenses.

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