Columna


Ensayo sobre el tedio

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

08 de agosto de 2020 12:00 AM

Hay gobiernos que se parecen a esas novelas aburridas en las que por mucho que el autor se esfuerce por hacerse el inteligente, su falta de imaginación y de pericia con el lenguaje no logran despertar el más mínimo interés de los lectores.

No obstante, luchando por hacer de tripas corazón, de pronto los espectadores se encuentran con que ya superaron seis capítulos --casi siete-- en los que no ocurre nada diferente a la palabra con que se inició el primer párrafo: “malandrines”; eso, sin contar con lo promesero y espectacular del título de la saga: “De cómo acabar con la corrupción de un reino”.

En el transcurso de los casi siete capítulos, el protagonista de la novela se pelea con su propios funcionarios, con los ediles, con los organismos de control, con las universidades públicas, con quienes osen cuestionarlo y con quienes él decida señalar como malandrines; o “nido de ratas”, si se trata de alguna entidad o grupo relacionado con el discurrir del reino donde se desarrolla este best seller.

Es entonces cuando el lector supone que los siguientes capítulos, por fin, narrarán algo digno de colgarse en la galería de la historia de la literatura universal, pero se choca con que el protagonista decidió enredar más el nudo, con una biblioteca de libros blancos y de trapitos al aire, que no resuelven nada de lo que el público estaba esperando cuando abrió la portada.

No tendría nada de raro, entonces, que los lectores acuciosos relacionen la frase “libro blanco” con el enorme vacío que padece la novela, una caterva de páginas llenas de parágrafos que no dicen algo nuevo, y cuyo balance --hasta el momento-- es igual a cero.

Para sacarle algún provecho a la historia, el profesor de Literatura les pedirá a sus alumnos que cierren el libro en el casi séptimo capítulo, e imaginen un posible final.

Es de ese modo como la inventiva de los muchachos logra avizorar que tal vez el protagonista anda maquinando que lo bajen del trono, para luego victimizarse y gritar a boca llena que lo apartaron del camino, por haberse erigido en el terror de los malandrines.

Otros, un poco más inclementes, argumentarán en su ensayo que el protagonista, desde el primer capítulo de la novela, se dio cuenta de que el reino le quedaría muy grande y decidió dedicarse a levantar cortinas de humo durante seis capítulos, como una forma sagaz de esconder temores e incapacidades.

No debe olvidarse que los pasajes de la novela también están salpicados de una peste que asola al reino. Le dicen “la peste bibliográfica”, pues en cuanto el protagonista editó sus libros blancos, la comarca fue invadida por un virus de libros negros, de la verdad, de la falacia, del tedio...

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