Esclavitud perpetua

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Hace más de dos siglos, Bolívar se opuso a que el pueblo recién emancipado del yugo español fuera a las urnas, pues a pesar de que ya éramos libres, él consideraba que aún teníamos en nuestra estructura mental la condición de esclavos. Y frente a ello decía: “no podemos ponerlos a votar sin antes educarlos, debemos primero concientizarlos de la responsabilidad que implica el ejercicio de la democracia; muchos de ellos, aún andan en taparrabo”.

200 años después, Cartagena, una ciudad que atraviesa la peor crisis de su historia, ha desaprovechado la oportunidad que le brindó la democracia en estas elecciones atípicas: de las 750 mil personas aptas para votar, sólo se movilizaron a las urnas 170 mil votantes. Es decir, que 580 mil cartageneros fueron indiferentes para decidir en manos de quién quedaba una ciudad que hoy se encuentra completamente descuadernada, institucional, política y administrativamente.

Ante esta realidad, aquel presagio del Libertador cobra vigencia, seguimos siendo esclavos de un sistema que ha secuestrado nuestros valores políticos. Los mismos que han producido el caos, son también la solución al caos.

Entre nosotros lo que gravita es una especie de apatía, de escepticismo, de desesperanza, que obedece sin lugar a dudas, al descredito que ha tenido el manejo de lo público a raíz de tantos escándalos de corrupción, y que hoy se refleja en ese 77% de cartageneros que no cree en la política, que no le interesa y que además le resbala.

Pero, ¿será legítima esta forma de manifestar nuestra inconformidad?

Ya los griegos nos advertían que “el precio de desentenderse de la política es ser gobernados por los peores hombres”. Por eso creo que el gran desafío que tenemos como ciudadanos, es ser conscientes de nuestra capacidad de acción social, de intervención y de responsabilidad a la hora de elegir.

La indignación tiene que ser un primer paso, pero los problemas no se transforman a golpe de indignación, sino involucrándonos. La democracia no sirve para quejarse de los políticos, sino precisamente para sustituirlos por otros.

La responsabilidad de Cartagena no es del Procurador General de la Nación, ni del CNE...la responsabilidad es de todos los cartageneros. 

Si nosotros no asumimos que la ciudad nos pertenece, si no nos sentimos ligados a un proyecto colectivo y si no amamos este terruño con el coraje que lo amaron Pedro Romero y los lanceros de Getsemaní, nadie nos dará ese valor. 

Aprovechemos esta gran oportunidad que nos da la crisis, para que se atrevan a surgir nuevos y genuinos liderazgos, porque definitivamente, es imposible construir una ciudad diferente con gente indiferente.

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