Ese olvido

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En este Hay Festival que ha logrado popular trascendencia, ahora nos visitó Abad Faciolince, formidable escritor, quien entre muchos temas seduce con “ese olvido que seremos”.

Al llegar los cuarteles de invierno, cuando comienza a sentirse el deterioro de la memoria: el olvido dice aquí estoy. Miramos los hechos pasados con un prisma absurdo, y es cuando las personalidades se deciden a escribir memorias. Pero entonces los linderos de unos sucesos se entrelazan con la historia, se complica una versión que modifica en su esencia cualquier relato objetivo y serio de lo acontecido.

Porque los seres humanos también tenemos un mecanismo de defensa que se afinca en el olvido para producir el bloqueo de situaciones amargas vividas. Ese proceso inconsciente nos permite seguir viviendo sin la compañía de esos malos momentos. Todo gracias al olvido.

Si es complicado convencerse a sí mismo de tener condiciones y ejecutorias, olvidar los ridículos, necedades y tonterías mucho sirve. Conmueve la ingenuidad de creer que así borramos ese mal rato. Que no lo hubo; el olvido tan temido es entonces compasivo ayudante.

En eso de aparentar logros nos parecemos a funcionarios que cuando sienten cercano el fin del mandato, se prodigan en inauguraciones y festines pantalleros, para convertirse en reyes de burlas de una comunidad que sabe lo que son.

En lo íntimo el olvido perturba y enferma. Es preocupación primordial y angustia suprema. Cuando vienen las tinieblas nadie se resigna a desaparecer sin que le recuerden. A los familiares y cercanos se les implora la limosna de un recuerdo. El olvido gravita con crueldad severa. Schopenhauer afirmaba que el único animal que pretende que le quieran es el ser humano. En el más erótico e intenso momento, mucho se ha escuchado: “No te olvides de mí”.

Ese “no me olvides” que tiene por antecedente el nombre de una humilde flor, ha trastornado vidas, poetas y cerebros. Se dice que los jóvenes hacen la historia y los viejos la cuentan. Por eso las locuras de la humanidad.

El desempeño lleva vigor, gracia, inexperiencia, y luego el disparate es contado por ancianos desmemoriados, cuando no embusteros. Por eso la leyenda seduce y la historia resulta poco confiable.

En el umbral de la edad provecta hay que cuidarse de falsedades y verdades. Hay que olvidar las amarguras que apuramos en la vida. De ellas es mejor olvidarse. Hay que familiarizarse con temas más serios como soledad, olvido y silencio. Este último muy difícil para los del Caribe que somos tan dados a hablar. Como decía nuestro gran poeta, Félix Turbay: “Si no puedes mejorar el silencio, cállate”.

Otro filósofo cartagenero recomendaba gastar los pesitos antes de la llegada de la vejez, porque lo que viene con ella es mecedora, televisión, chancletas y jugos. Y todo eso es barato.

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