Estado de opinión

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La Francia de Luis XVI padecía injusticia social y una grave crisis económica. Un rey desconectado de la opinión obligó a que el 20 de junio de 1789, en la Sala del Juego de Pelota, se realizara el famoso juramento: “No separarse jamás y reunirse siempre que las circunstancias lo exijan hasta que la constitución sea aprobada...”. El juramento, inmortalizado en un impresionante cuadro, dio inicio a la revolución francesa.

2.500 años atrás, Parménides hablaba de la doxa para referirse a la opinión como una percepción aparente de la realidad. Maquiavelo, y muchos más, enseñaron que los príncipes debían manipular, como fuese, la voluntad popular. Rousseau acuñó el término “opinión pública” para referirse a la preferencia, real o estimulada, de una sociedad o de un individuo. La educación transformó la opinión pública de una exigua minoría a una poderosa mayoría. Hace unos 80 años, George Gallup y las encuestas de opinión convirtieron la opinión en un criterio estadístico haciendo más fácil su manipulación.

El Estado de Derecho surgió como la mejor estrategia de contención contra las arbitrariedades del poder omnímodo. La división de poderes estableció contrapesos entre ejecutivo, legislativo y judicial. El Estado Social de Derecho aumentó la participación de la opinión con la tutela y las revocatorias de alcaldes y gobernadores. Además, la opinión pública se manifiesta en protestas, huelgas, marchas y movimientos sociales.

En una crisis similar, hace más de 10 años, ya nos habían propuesto el “estado de opinión” como una nueva organización política, un estado superior al estado de derecho en el cual las decisiones las tomaría la mayoría. Desde Voltaire, la democracia participativa exige que la población haya superado la ignorancia, la subjetividad y la volubilidad. Nada más subjetivo, voluble y apasionado que la opinión colombiana con una veleidosa abstención entre el 50 y 70%. Y manipulable por poderes como los medios de comunicación, internet y los mismos que proponen el Estado de Opinión. Así, un “me gusta” sería más importante que un voto y una red social más poderosa que una elección.

Nada más parecido a un líder de izquierda recalcitrante y retrógrada que un representante de derecha reaccionaria, nada mejor para una izquierda radical que una derecha extrema. La democracia los crea y ellos la destruyen: desobedecieron y manipularon a los jueces; corrompieron al legislativo; abusaron de su dominio del ejecutivo; manipularon la opinión para lograr sus objetivos dejándonos, como salvaje enseñanza, que todo vale. Ambos, a su manera, son tan parecidos el uno al otro como al nunca bien recordado destructor de la hermosa Venezuela. Todos coautores de la emblemática frase “el estado soy yo. Lo decía Kant: “Razonen tanto como quieran y sobre lo que quieran pero obedezcan”.

*Profesor Universidad de Cartagena

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