Columna


Estratagema de campaña

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

14 de junio de 2022 12:00 AM

Esta contienda electoral por la Presidencia que está a punto de finalizar ha dejado grandes enseñanzas, algunas relativas a lo que no debe hacerse en un contexto de ética política. En esta ocasión es evidente que ha reinado el odio, la rabia, la propaganda mentirosa y, sobre todo, un contrapunteo casi que catastrófico entre uno y otro candidato. En ese maremágnum de circunstancias solo queda como único perdedor el pueblo, que absorbe toda la desinformación y terminará escogiendo a una persona que en verdad desconoce, pues la imagen que se aparenta suele ser diferente a la que realmente es. Sin duda, como estrategia electoral se ofrece un producto anhelado y satisfactorio pero que dista de la realidad, algo así como el lobo disfrazado de oveja.

En este tipo de campañas hemos verificado el uso común de discursos claves como parte de una estratagema política. Se habla de anticorrupción, cambio, inclusión, respeto por la mujer, diversidad; entre otros, tienen esos conceptos orbitando alrededor de cada una de sus propuestas, lo que indica que solo son estímulos visuales y auditivos que ponen al elector en una sintonía y que se usan como distractores manipuladores. Lo que realmente les importa es vender al candidato usando premisas atractivas que no dejan de ser palabras vagas empleadas cual gancho publicitario, con el fin de lograr los votos necesarios para acceder al poder.

Lo que de verdad debe tener valor, es que cuando se hable de cambio este sea material y viable, que transite hacia el bien común; cuando se mencione el respeto a la igualdad, se haga referencia a escenarios en los que se generen políticas en aras de reivindicar los derechos de los excluidos. Pero es absolutamente reprochable que se utilice la insatisfacción social como un timo al electorado.

A esto se le suma el extraño fanatismo de los adeptos de ambas opciones, ellos ya no entienden de razones ni de evidencias, son votos que indudablemente corresponden a un factor emocional y no racional. De ello da cuenta la actitud reiterada de observar los errores del contrincante y omitir los del candidato que se apoya, en la práctica se está maximizando lo mínimo cuando se trata del aspirante opuesto y minimizando lo máximo cuando se trata del propio, es una fe ciega y dañina que hace que cualquier debate sea innecesario porque es muy difícil cambiar la opinión preconcebida de acuerdo con los intereses e ideologías que cada uno tenga.

Por eso los debates con la familia o amigos terminan siendo definitivamente estériles, porque por mucha información real o falsa que transite en torno a los candidatos, ya la decisión está preconcebida, por lo tanto, resulta casi que inútil pretender convencer al otro de que la opción que se apoya es la adecuada, es una guerra sin sentido que no dará frutos, y que siempre afectará la democracia.

*Abogado.

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