Extrañas gratitudes

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Esta historia me la contó mi hermana Aura después de agarrar un taxi en Cartagena. El taxista, un hombre viejo que rozaba los setenta, era de esos choferes que disfrutan hablar mientras conducen. Le informó a mi hermana que ese día se cumplían cuarenta años desde que empezó a cazar pasajeros con un timón en las manos. Durante ese tiempo solo lo habían atracado dos veces: en una esquina del barrio San Francisco y haciendo una escuadra en Olaya Herrera. El primero fue un atraco convencional, de los que abundan en las estadísticas de la policía. El segundo, en cambio, dejó varias marcas profundas.

Sucedió en la madrugada de un septiembre lejano. El taxista reducía la velocidad en un cruce de Olaya Herrera cuando una motocicleta se le atravesó en el camino. Entonces alguien entró en el taxi y le apuntó con un revólver: “Deme la plata”, gritó. El viejo observó que el atracador sudaba y le temblaban las manos. Lo vio inseguro, casi que arrepentido. “Mira, hijo, se nota que tú no eres atracador”, le susurró, “ese hombre que está allá afuera es el que te está metiendo en malos pasos”. Como el ladrón no respondía, el taxista siguió sermoneándolo con una especie de ternura paternal. Al final abrió el monedero donde estaban los noventa mil pesos de su jornada y se los entregó al atracador. “Yo sé que me los vas a devolver porque no eres una mala persona” le dijo con los billetes en las manos. El tipo se alejó en silencio, se montó en la motocicleta que esperaba por él y se perdió en la penumbra de la ciudad.

Muchos años después el taxista paró en una estación de gasolina. La solitaria estrella roja de Texaco. Había tenido un mal día y solo pudo reunir cuarenta mil pesos que a duras penas alcanzaban a pagar el combustible necesario para el taxista del siguiente turno. Mientras el muchacho de la gasolinera cargaba el tanque del taxi, el viejo pensaba en sus problemas diarios. La plata para la comida, el recibo de la electricidad, el dolor en unos huesos que ya no aguantaban como antes el peso de la vida. Con la mente en otra parte, no se percató que el medidor de la gasolinera había superado los cuarenta mil. “Aguanta”, le gritó al muchacho. Pero él no lo oyó. Siguió llenando el veterano Daewoo Lanos hasta que estuvo a tope. “Qué es lo que te pasa, yo no tengo para pagarte esto”, dijo el taxista con una rabia contenida. El muchacho respondió: “Sé que no se acuerda de mí, pero yo sí me acuerdo de usted. Usted me prestó una plata y ahora se la estoy devolviendo. Yo soy la persona que lo atracó”. El joven le contó que aquella vez su hija estaba en el hospital y debía comprar unas medicinas con dinero que no tenía. Fue cuando un amigo le sugirió el atraco, el único que realizaría en su vida. En el mes que llevaba trabajando en la gasolinera, aquel muchacho gastaba sus turnos escrutando los rostros de los taxistas con la esperanza de encontrarse al viejo. Ese día lo había encontrado.

*Escritor

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