Fantasmas sobre ruedas

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Eran casi las once de la noche en Cartagena cuando un taxista recogió a una mujer vestida de blanco. Había sido uno de esos días malos, con carreras largas y mal pagadas, donde era necesario aceptar cualquier viaje para sacarle provecho al último tramo de la jornada. Por eso el conductor no le preguntó a la mujer de blanco para dónde iba. Sólo dejó que se embarcara y, cuando ya había avanzado dos o tres cuadras, la miró por el espejo retrovisor en busca de un destino. Entonces se dio cuenta que en el carro no había nadie.

La noticia fue publicada en varios periódicos colombianos la semana pasada. Llamó la atención porque el taxista se estrelló contra un árbol debido al susto.

Un amigo periodista, con quien discutía sobre la autenticidad del relato, me dijo que en el Caribe los pasajeros fantasmas son tan cotidianos como el jugo de corozo. Algo que quedó demostrado dos días después, cuando Caracol Radio publicó una nota en la que informaba a los conductores que tuvieran cuidado con el espíritu de una mujer que salía con un bebé en brazos en la carretera que va de Cartagena a Turbaco.

Eso me recuerda que en 1995, luego del accidente de tránsito en el que murió la cantante Patricia Teherán, los choferes de la vía Cartagena-Barranquilla contaban que durante el atardecer aparecía a un costado del camino una mujer idéntica a la artista fallecida pidiendo un aventón hasta el cementerio Jardines de Paz. Se decía que el fantasma de Teherán sólo le hacía señas a los automóviles cuyas placas terminaban en 4 porque con ese número también terminaba la del Mazda 626 en el que se estrelló.

Hay historias que van más lejos. Un estudiante de mi clase de Literatura Latinoamericana me habló de un tío que era taxista y que recogió en la terminal de transportes a un tipo que se la pasó todo el camino hablando mal del expresidente César Gaviria. El taxi se detuvo frente a una casa abandonada en el barrio Blas de Lezo y el pasajero pagó la carrera con antiguos billetes de doscientos pesos. Cuando el conductor fue a reclamar por la broma de mal gusto, el hombre ya había desaparecido.

Creo que estas y otras anécdotas similares, más que infundir miedo, señalan una triste realidad: la ciudad está repleta de fantasmas desesperados que buscan algún transporte para partir hacia la eternidad.

Probablemente la muerte, al igual que la vida, tenga su burocracia. Pienso en esos difuntos sin pasaporte celestial, agobiados por un papeleo metafísico que no los dejó montarse en el primer bus del más allá. Ya es hora de que los vivos les tengan más consideración a las pobres ánimas. Hágame caso: la próxima vez que un fantasma le esté pidiendo un aventón, déselo por favor. Los muertos se lo agradecerán.

*Escritor

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