Felices fiestas

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Billones de nuestras células, igual que las de todos los seres vivientes, nacen, crecen, viven y fallecen sincronizadas con el sol. Hace milenios, todas las civilizaciones lo sabían y por ello adoraban al sol como dador de vida. Células y civilizaciones saben que la tierra gira alrededor del sol en un año y que busca la dirección del sol en un día y que de ello depende la vida. Incluso si estamos privados de la luz solar nuestras células conservan, por mucho tiempo, ese ciclo vital de día y noche que los expertos llaman ciclo circadiano. Claro, el tiempo es único en la tierra. Júpiter rota tan rápido que su día dura menos de 10 horas y Venus está tan cerca del sol y rota tan lento que, para los venusinos, sus días son más largos que sus años.

Publicado por primera vez en 1832 se hizo popular en toda América Latina. La vida giraba en torno a él. Servía para planificar la siembra, cosecha y pesca, permitía organizar los días, preparar trabajos y programar las fiestas. El almanaque Bristol, con su pintoresco color zapote, hacía parte de la vida de abuelos y tenía un puesto de honor en las tiendas y haciendas. Aún hoy, cuando las tiendas y los abuelos no están, y cuando el almanaque parece obsoleto, se imprimen cinco millones de ejemplares.

Tan pronto vi al vendedor lo compré y desesperado busqué lo que tanto necesitaba. En las 16 hojas del número del 2020 explica las estaciones, predice el clima, las mareas, aporta datos religiosos, anota las festividades, el horóscopo, ofrece poemas, chistes y frases célebres. Lamentablemente no encontré lo que buscaba: las tristezas que traerían algunos días, tal vez benigno, el almanaque no quiso decirme las desgracias del 2020; frustrado perdí la esperanza que tenía de saber cuándo vendrían alegrías. Con optimista incertidumbre esperaré ambas, con la lenta parsimonia con que paladeamos las abundancias culinarias y los efluvios etílicos que, por estas calendas, se consumen a raudales para, pienso yo, borrar de la mente lo triste del 2019 y grabar en el alma los dulces segundos de regocijo robados al destino. Espero que mis amables lectores disfruten con moderación para que, con renovada esperanza, recibamos la nueva Cartagena que, bajo el liderazgo del nuevo alcalde, forjaremos todos de manera que, en un año, la fantástica haya empezado ese tan esperado cambio y dejemos atrás ese perverso ciclo circadiano de corrupción, modorra, frustración y hastío. La esperanza es, como decía Emily Dickinson: “Algo con plumas, que se posa en mi alma y canta la melodía sin palabras y nunca para, en absoluto. Y, lo más dulce, en la tormenta, se escucha y, resentida debería estar la tormenta que puede avergonzar al pajarito que a muchos mantuvo calentitos. La he oído hablar en las tierras más frías y en la mar más extraña pero, nunca, en lo más extremo ha pedido ni siquiera un ápice de mí”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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