Florecita

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Jamás olvidaré el rostro de aquella niña de diez años, la misma edad de mi nieta, que atendí moribunda en los brazos de un alma misericordiosa.

Florecita no tenía nombre, andaba descalza, la mirada perdida y su cuerpecito mordisqueado por los colmillos de las enfermedades venéreas. Recuerdo que, en ese instante, reclamé airadamente a Dios por permitir semejante sufrimiento en una criaturita desguarnecida.

Florecita, como tantos niños y niñas de alquiler, ya no está con nosotros. Nadie lloró su partida, se marchó en silencio, pero aún después de varios años sigo recordando con impotencia su mirada y sus manos vacías.

Es un hecho, históricamente demostrado, que desde su fundación, el 1 de junio de 1533, Cartagena de Indias estuvo signada por el comercio de esclavos, convirtiéndose en el mayor ‘Centro de acopio’ del Nuevo Mundo. Aquí, junto a ovejas, asnos y caballos se ofrecían, al por mayor y al detal, millares de seres humanos capturados en Guinea, Senegal y Sierra Leona.

Llegó la independencia, pero los descendientes africanos continuaron esclavizados y hace solo 167 años se abolió, oficialmente, la esclavitud en Colombia; sin embargo, hasta el sol de hoy los descendientes de Benkos Biohó continúan explotados y humillados. Sin duda alguna, la trata de esclavos, como peste maligna, se perpetuó en Cartagena y hoy, ante la mirada indiferente de las autoridades y de la sociedad civil, se subastan niños y niñas aún con sus dientecitos de leche.

Es cierto: tal como ocurrió en la Época Colonial, cuando Cartagena de Indias fue mundialmente reconocida en tan infame negocio, ahora se ha convertido en el paraíso indiscutido del malvado, pero altamente lucrativo, negocio de la prostitución infantil.

Las raíces de semejante desgracia son múltiples: desplazamiento forzado, la guerra fratricida, corrupción incontenible, conflictos familiares, el óxido de los valores, la miseria, pero ante todo, la falta, casi absoluta, del imperio de la justicia, hoy cuadripléjica.

En medio de la actual reyerta electoral los candidatos no incluyen en sus apretadas agendas ninguna estrategia que le ponga tate-quieto a una situación alarmante, maloliente y dolorosa, –Allá sus padres que los cuiden– y se lavan las manos.

Como de costumbre, los triunfadores, debidamente financiados, tendrán sus mezquinas prioridades, mientras las Florecitas cartageneras, algunas con la edad de mi nieta, se marchitarán para siempre por obra y desgracia de los infames proxenetas. Y los nuevos gobernantes, igual que sus antecesores, permanecerán sumisos en los pantanos donde, quien impone la ley, es el insaciable cocodrilo.

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