Columna


Gastronomía literaria

ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA

ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA

25 de marzo de 2020 12:00 AM

Si Dios existe, está en la cocina. Por eso se dice que el hombre o la mujer que puede preparar bien un plato tiene las manos benditas. Y no es para menos: que el arroz quede en su punto de sal, los patacones crujan como mecato de tienda y el pescado frito no se enchumbe de aceite son acontecimientos religiosos que se relacionan más con el milagro y el espíritu que con las papilas gustativas. Tal vez esa sea la razón por la cual la sotana se parece mucho al delantal. Quizás también sea por eso que, desde tiempos remotos, los seres humanos hayan ofrecido suculentos animales a sus dioses. Piensen en el Cordero de los cristianos. O en la transubstanciación del catolicismo: el pan y el vino que se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. De hecho, La Última Cena, una de las historias más emblemáticas del Nuevo Testamento, es estrictamente un suceso gastronómico con consecuencias metafísicas.

Así que Dios, si existe, está en la cocina. En estos días de cuarentena, que por el contexto podrían ser de cuaresma, he tratado de encontrarlo en las ollas y los sartenes con un ímpetu que nunca tuve en las iglesias. A veces creo verlo cuando me queda bien la carne molida, y otras veces pierdo la fe porque el jugo de níspero tenía demasiada azúcar y a los huevos revueltos les faltaba sal. Qué difícil es este dogma de la buena comida. Mi esposa, cuyas recetas salvan la patria en nuestras horas de encierro, sugiere que me concentre en la estufa. “Mírala con devoción”, dice, y es como si esperara que yo fuera a descubrir en cada hornilla unas lenguas de fuego apostólicas.

Fue ella la que me aconsejó que pensara en la comida en los mismos términos en que concibo la literatura. En resumen, que reemplazara al dios de las pailas por la palabra escrita y trasladara su responsabilidad divina a mis hombros. De esa forma llegué a la conclusión de que cocinar es como escribir ficción. Vicente Huidobro tiene un verso donde dice que “el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Algo similar ocurre en la cocina: si abusas de un aderezo condenas el plato. La comida, al reflejarse en la literatura, puede incluso separarse por géneros: desayunos y cenas en la estructura sobria y contundente de los cuentos, y poderosos almuerzos en el sancocho trifásico de las novelas. Para la poesía, en cambio, hay una equivalencia distinta porque consiste en la música que se canta cuando se cocina.

Desde esta perspectiva, preparar los alimentos implica meterse de lleno en la trama de una historia. La aventura de la narración vista desde una realidad digestiva. Ahora entiendo por qué Don Quijote, antes de recibir la orden de caballería, comió unas truchuelas y le dijo a las dos mozas que lo atendían: “El trabajo y el peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas”.

*Escritor.

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