Columna


Göbekli Tepe

CARMELO DUEÑAS CASTELL

CARMELO DUEÑAS CASTELL

05 de agosto de 2020 12:00 AM

Una de las primeras cosas que diferenció al hombre del resto de animales fue su relación con la muerte. Hace más de 60 mil años ya tenían sumo cuidado de preparar el suelo para el fallecido, organizar la posición del cadáver y las ofrendas. Enfrentados a la realidad de la muerte imbuyeron la noción de otra vida. Göbekli Tepe (Colina del Ombligo), al sur de Turquía, parecería ser el cementerio más antiguo descubierto hasta ahora. Allí, hace casi 12.000 años, entre toscos muros y estructuras geométricas, se honraba a los muertos. El tiempo ha mutado la relación del hombre con la muerte. Pestes y pandemias generaron un macabro aprendizaje: “Los muertos matan a los vivos”. Por ello se pasó a entierros en las iglesias, luego en lugares delimitados y por último en la periferia de las grandes ciudades.

La pandemia se ha encargado de cambiar, esperemos que temporalmente, tanto la vida diaria como la muerte. Durante meses hemos quedado confinados, obligados a guardar distancia, abolir y/o cambiar reglas y costumbres sociales que durante siglos cultivamos. Y claro, la muerte, lo más seguro que tenemos en la vida, no escapa a tales vericuetos culturales. Ya lo decía Sachs: “La muerte es más universal que la vida. Todos morimos, pero no todos vivimos”. A pesar de ello, la actitud del ser humano, enfrentado a la muerte, puede ser de lo más irracional, especialmente en occidente. Hemos llenado ese postrer momento con mitos creencias y costumbres. El riesgo de contagio cambió el proceso de atención al muerto y la disposición final del cadáver. La COVID se encargó de confinar tanto la vida como la muerte.

Pero eso sí, la muerte desnuda crudamente nuestra fragilidad, es un buen reflejo de la realidad y un indicador de salud. Y en la pandemia es mucho más cierto que la muerte va de la mano con nuestra miseria ancestral. Una reciente publicación de El País, “los mapas de la pandemia revelan las desigualdades en Latinoamérica”, desnudó la denigrante situación: ya hay 8 ciudades en América Latina con más de 1.000 muertes por millón de habitantes. En países diferentes, con realidades cambiantes, pero todas tienen el mismo mapa de infame injusticia social; cinturones de miseria, verdaderos guetos plagados de necesidades y llenos de carencias que se han convertido en los principales cementerios COVID de la región. Con crudeza lo registró Galeano hace muchos años: “Habitamos, a lo sumo, una sub-América, una América de segunda clase...”.

La pandemia obligó a rituales más cortos, concretos, limitados; con la soledad como único acompañante y como ocasional antesala a los hornos crematorios unos asépticos contenedores refrigerados. En algún momento tendremos que hacer un duelo colectivo por toda la tragedia que esta peste ha traído. Ya lo decía el filósofo de La Junta: “No es nada morirse sino lo que uno dura muerto”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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