Columna


Gobernantes y servidores públicos

ALFREDO RAMÍREZ NÁRDIZ

05 de julio de 2022 12:00 AM

¿Qué es un Presidente? ¿Qué es un ministro? ¿Qué es un gobernador, un alcalde, un alto cargo? ¿Son gobernantes, son servidores públicos, son ambas cosas? Podría parecer que ambas expresiones significan lo mismo.

En el lenguaje coloquial lo hacen, pero detrás de ellas se esconden conceptos diferentes. Luis XIV era un gobernante, pero ¿era un servidor público? El presidente de un país democrático es un gobernante, pero ¿es también un servidor público? La primera pregunta ha de recibir una respuesta negativa. Los reyes absolutos, que eran los titulares de la soberanía, no servían al público, sino que se servían del público para satisfacer la razón de Estado, que acostumbraba a identificarse con sus intereses particulares; sin embargo, el presidente de una democracia gobierna, pero su gobierno no tiene, o no debe tener, otra función que servir al público. O sea, en el pasado ambos conceptos iban separados, hoy deben ir unidos.

Efecto de lo dicho: dentro del concepto gobernante caben los privilegios. Si se piensa en un rey absoluto (gobernante, pero no servidor público), los privilegios son parte sustancial de su existencia. Ahora bien, ¿caben dentro del concepto de servidor público los privilegios? Los hechos demuestran que sí. Hoy en día un presidente democrático (gobernante y servidor público al mismo tiempo) tiene multitud de privilegios, desde protocolarios, hasta de seguridad, pasando por vivir en un palacio. Pero, ¿deberían caber los privilegios dentro del concepto de servidor público? Eso ya es otra cosa. Mi opinión es que no.

Un servidor sirve al pueblo, no está por encima de él. Que los servidores públicos tengan privilegios no es compatible con un concepto profundo de la democracia. Ejemplo, ¿por qué un presidente debe tener coche oficial? ¿Por qué se debe privilegiar su paso al de los vehículos privados? No es nuestro rey absoluto. Es nuestro servidor, nuestro empleado, al que pagamos y al que ponemos y quitamos cuando, en función de las reglas democráticas establecidas, nos place. ¿Por qué entonces él tiene un coche oficial y un médico que trabaja para el Estado no? ¿Por seguridad? ¿Corre peligro la vida de todos los que usan coche oficial? No parece. Son privilegios. Restos de tiempos pasados en los que teníamos gobernantes y no servidores públicos.

Sólo aquello que se justifique por la necesidad del servicio tiene lugar en una democracia. A la política se va a servir, no a servirse de ella.

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