Gracias COVID

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Por desnudar nuestra fragilidad: milenios de desarrollo científico y tecnológico quedaron ridiculizados por una minúscula partícula viral que decidió mutar motivada por nuestra inadecuada forma de interactuar con la naturaleza.

Por enseñarnos que sobramos y somos un lastre para el planeta: al desaparecer de la faz de la tierra, por unos meses, permitimos que los mares recuperaran su verde y azul transparencia, que los atardeceres y amaneceres fueran claros y limpios y que animales en extinción regresaran a su entorno.

Por mostrarnos que somos los mayores antropófagos: el confinamiento redujo homicidios, accidentes, etc.; y con la reapertura hubo un exceso en mortalidad por estas mismas causas.

Por descubrir la injusta violencia con que discriminamos: hubo regiones donde el 30% de la población era de una minoría excluida y sin embargo el 70% de los fallecidos por la pandemia fueron de ese grupo racial.

Por dejar claras las razones para ser médico y trabajar en salud: no son los efímeros y ocasionales aplausos o reconocimientos, que desaparecieron tras la volátil gratitud humana; es la vocación que trasciende las falsas promesas estatales, que vence el escarnio público, que se sobrepone a las amenazas, a las agresiones, a la incomprensión general, a los riesgos de muerte inherentes a la pandemia y que se resume en la frase “quien no vive para servir no sirve para vivir”.

Por mostrar, con crudeza, la importancia que tiene el recurso humano para el Estado y los entes de salud: por meses se plantearon estrategias para conseguir más ventiladores y expandir las camas; la ceguera no les permitió ver que, todavía, tales equipos no se manejan solos y que una UCI es más que un ventilador; una UCI es un equipo de trabajo experto dispuesto a sanar y aliviar pacientes críticos.

Por rescatar, aunque no lo veamos, la interdependencia global y la importancia del otro; la delicia de un saludo o un abrazo sinceros; y la necesidad de la vida en sociedad.

Por enseñarnos que la vida cambió, pero nosotros no. No aprendimos que no hay mucha distancia entre aprender a vivir y aprender a morir. Enfrentados a la muerte la disquisición filosófica, y nuestros mayores temores, pudieron ser sobre lo que no pudimos o no quisimos ser, hacer o dar y no sobre lo que no pudimos tener. Y la evidencia es contundente: enfrentados a la muerte nos aferramos a lo más superfluo y banal en un día en el cual el Estado, inepto para prevenir la muerte, le aumentó impuestos a la vida.

Por mostrarnos que la caverna de Platón y la habitación de Pascal siguen vigentes: no fuimos capaces de confinarnos y quedarnos en casa cuando Pascal, hace siglos nos enseñó: “Todas las desgracias del hombre provienen de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”.

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