Guayabo con olor a guayaba

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La nostalgia que se siente del terruño cuando se viaja, se lleva en la sangre y es inevitable, lo puedo ver en las personas cercanas a mí que alguna vez les tocó desplazarse de su lugar natal por aquellas circunstancias nefastas de la violencia para pernoctar en busca de oportunidades.

Ahora que viajé al extranjero fuera de mi Cartagena amada, sentí un guayabo y un vacío inmenso y no propiamente por haberla dejado por unos días sino por no poder entender el porqué un paraíso como lo es, sea maltratada y dejada en tal estado de abandono que está perdiendo su identidad. Cuando iba por las calles de algún lugar del mundo que también tiene su historia de murallas, invasiones, poder, conquistas, me repetía una y otra vez, si Cartagena fuese así de organizada, limpia, tranquila, si Cartagena contara con ciudadanos responsables donde la convivencia se basara en el respeto, por las cosas, por los sitios públicos, por las personas, por los caños, los parques, los árboles, los animales, los niños, si Cartagena... Bien decimos siempre que soñar no cuesta nada, no quiero soñar con algo como eso, quiero que se haga posible, que se concrete. Me saca la piedra pensar que las personas que se enrolan con la política y osan representarnos lo hagan para favorecerse, me saca la piedra no poder entender dónde la honestidad, el compromiso, la ética y la valía como personas de bien. Y seguía caminando por esos lugares históricos y me embarcaba en los transportes públicos y nadie te roza, nadie te grita, nadie te agrede, a nadie le importa qué ropa llevas puesta. En mis extensas caminatas donde estaban señaladas las cebras, es una ley tajante frenar porque el peatón vale más que cualquier prisa que lleve un conductor y podía hacerlo con confianza, aquí en mi ciudad tengo que detenerme en la cebra al cruzar porque, en ese preciso instante es que “X” conductor acelera.

Estamos acostumbrados en Cartagena a no mirar a nuestro alrededor, a ser los más indiferentes del mundo, a soportar todo lo que nos caiga y a corear al unísono “la corrupción de esta ciudad es la peor de Colombia” y todo se nos queda en estribillos, en lo guapachoso, porque de todas maneras hay que seguir viviendo sin importar que estemos en la inmunda, porque al fin y al cabo vendí mi voto, me lo compraron, negocié mi interés como empresario, conseguí un gran paquete de votos ¿y? ¿de la guayaba qué? Sentí nostalgia del olor a la guayaba, ese perfume que me transporta y me balancea de un lado a otro comparando realidades. No quiero soñar, quiero resultados de los gobernantes. Ya está bueno de mermeladas y banquetes a costa de los ciudadanos colgados de la esperanza para que todo cambie.

*Escritora

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