Hablar y votar

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Después de escuchar los comentarios que se intercambian en la calle, respecto a quienes, en estos momentos, aspiran a puestos en corporaciones públicas distritales y departamentales, uno creería que algunos de esos postulantes se verán en calzas prietas el día de las votaciones.

Mas cuando llega ese día, el iluso observador se sorprende porque muchos de quienes fueron objetos de los latigazos verbales de la ciudadanía, son quienes más obtienen votos a la hora del conteo vespertino. Tal parece que los comentarios callejeros son directamente proporcionales a las preferencias de los potenciales electores: entre más chismes se barajan y se malbaratan, es más probable que el despellejado salga airoso de la justa.

Es en las esquinas, en los buses, en las cantinas y en los reposos laborales donde más se despedazan hojas de vida. Es en esos lugares donde los narradores hacen gala de una impresionante información que arranca desde los ancestros, el nacimiento, la crianza, las obras y los milagros del candidato, como si se tratara de un escritor, contando en tercera persona y delineando la semblanza y el carácter de sus personajes.

Muchos de esos relatores hablan con tal propiedad, como si hubieran visto (y es posible que sí) de cerca las triquiñuelas, las componendas y los tratos maquiavélicos de ciertos politiqueros del orden local y departamental; y hasta lo hacen con cierto dejo de desprecio, que hasta podría confundirse con la indignación patriótica.

Pero nada más lejos del mundo tangible. Esos mismos comentaristas de cerveza en mano son los primeros que salen el domingo a depositar su voto a favor de aquellos que merecieron sus más enconadas difamaciones. Es decir, podría presumirse que conocemos a fondo la naturaleza de quienes nos han gobernado, de quienes nos gobiernan y de quienes aspiran a gobernarnos, pero no siempre la decisión de votar o no votar se basa en la certeza de ese conocimiento.

Si el tufo a orines de perro y las mesas de las cantinas hablaran, serían una invaluable fuente documental sobre el pasado y el presente de las figuras que exponen sus nombres a la consideración de los votantes. Tanto es así que, por lo menos, el cincuenta por ciento de las informaciones que proporcionarían esas fuentes servirían con suficiencia para descartar muchos nombres, en caso de que el elector tenga cinco dedos de frente y otro porcentaje más de orgullo territorial.

Pero el libreto es uno y la realidad otra. Ese domingo, mientras el conductor del bus va despotricando contra los miles de problemas que sufre la ciudad, sus pasajeros le alimentan el argumento revelándole los nombres de los supuestos culpables de la debacle. Luego se desembarcan en sus respectivos puestos de votación y marcan las caras de esa gente presuntamente peligrosa, que solo vive en la lengua inconsciente de la verborrea popular.

*Periodista.

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