Columna


Hambre

LIDIA CORCIONE CRESCINI

14 de septiembre de 2021 12:00 AM

Cuando teníamos hambre de conocimiento, transportándonos a épocas pasadas en la tecnología de otrora, acudimos a los libros y a las enciclopedias para investigar, nutrirnos y acrecentar nuestro saber...Era una indagación constante en cada cosa nueva que hallábamos en las páginas de los tomos, libros y diarios. Ese olor delicioso de las hojas, la caricia de la portada y el gusto por descubrir su interior, es una experiencia inexplicable. Desde pequeños nos enseñan que el mejor alimento es la lectura, de esa forma podemos viajar, navegar y traspasar fronteras, la mente rompe barreras y no existen límites, también nos educan bajo la concepción de que si no lees, no devoras libros y no te metes en ellos quedarás siempre bajo la manipulación de otros que saben utilizar su mirada holística y así, nuestras hipótesis o criterios para entrar en un intercambio de fundamentos lógicos se verán reducidos a la mínima expresión y pasamos a ser borregos maniatados, títeres víctimas del sistema imperante, donde a pesar de hablar de democracia, quedaremos represados en un túnel sin asidero. Hay también quienes para alimentarse y no padecer hambre escogieron como profesión ser libreros, como los del parque Centenario que atraviesan una crisis económica, sintiendo que después de una vida de trabajo en el intercambio y venta de libros, debido a esta situación que todos hemos padecido, se han quedado sin nada porque las letras insertadas en las páginas de estas obras se quedaron en reposo debido a la pandemia. Pienso que es muy triste lo que pasa en Colombia con muchas profesiones que van quedando en desamparo como lo que tiene que ver con la literatura, el arte en todas sus manifestaciones, actores sin respaldo, músicos sin un peso para apaciguar su sed, los vemos todos los días dando serenatas de balcón en balcón a pleno sol para que alguien le lance una moneda o un billetico a pleno sol. Dolorosa situación la de la mayoría de los coterráneos, aquí muchas veces no aplica el verso de Amado Nervo: “Y pensar que al final de nuestro rudo camino, hemos sido el arquitecto de nuestro propio destino”, porque muchas veces el destino lo construimos de acuerdo con nuestros gustos, inclinaciones, necesidades, dones y, a pesar de repellar escalón a escalón y subir y subir, finalmente todo queda en rodar y rodar, porque no hay amparo en salud, vivienda, empleo y nos quedamos desnudos y despojados ante una lucha interminable por ganarse el pan de cada día, sudando a chorros en altas temperaturas. Pienso que la oportunidad debe ser más equitativa pues a pesar de seguir instruyéndome día a día (sigo amando los libros), no encuentro las razones que justifiquen esta indiferencia. Solidaridad es lo que más necesitamos.

*Escritora.

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