Helenos

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Alguien decía que un diálogo con los Elenos debía hacerse en griego antiguo, una lengua muerta, habida cuenta la cantidad de muertes que se causaron.

Pero sobre los Helenos: tuvimos cierta prevención con Aristófanes, por sus sátiras a Sócrates, faro del análisis y símbolo del pensamiento.

En Aristófanes se encuentra toda la vida de La Hélade: política del día y los políticos, el partido de la guerra y el bando antibélico, el voto para las mujeres, el libre comercio, la reforma fiscal, las quejas de los contribuyentes, las teorías sobre la educación, la charla religiosa y literaria del día. En suma, lo que interesaba al ciudadano ordinario.

El teatro griego había alcanzado su cúspide y se acercaba a su decadencia, cuando Aristófanes empezó a escribir. Nada, ni nadie, se escapaba de las burlas de la comedia antigua, los dioses recibían su parte, asimismo las instituciones más caras a los atenienses; y también, a menudo, los personajes más populares de Atenas.

En las Nubes, se burla de la intelectualidad y de Sócrates, quien “camina en el aire y contempla el sol”.

A Aristófanes no le fijaron ningún límite... sufrieron sus pullas personajes de Platón, el meditabundo Fedro, el caballeroso Agatón y el propio Sócrates. Las gentes permanecían durante horas interminables en el teatro, aplaudiendo procacidades, escuchando invectivas contra los hombres de Atenas, presentándolos como borrachos, codiciosos, venales y viciosos; riendo de chistes que habrían hecho ruborizarse a Rabelais.

La característica especial de los griegos tal vez fue su capacidad de ver el mundo con claridad, y al mismo tiempo, considerarlo bello. Porque pudieron hacer esto, produjeron un arte distinto de todos las demás artes, por la ausencia de una lucha, caracterizada por una calma y seriedad que son exclusivamente suyas.

Una región en la que la belleza es verdad y la verdad belleza.

Después de la Grecia temprana, con sus dioses y semidioses luchando en las llanuras de Troya, el amanecer de una nueva época, que ya se satisface con la belleza del canto y la narración; una época que trata de “conocer” y de “explicar”.

El dolor cargado de exaltación, que muestra dolor y produce placer. Si los griegos no nos hubiesen dejado tragedias, desconoceríamos la más alta cumbre de su poder.

El placer trágico ha dicho Schopenhauer, es “en última instancia cosa de aceptación”. Pero aceptación no quiere decir conformidad, ni resignación. Sófocles hace decir a Edipo “Dejad de lamentaros, pues en verdad, estas cosas perduran”. No ofrece refugio contra las cosas, salvo el refugio del sufrimiento y de la muerte aceptada con calma, sin que vacile el ánimo.

Pedimos perdón por comentar en pocas y necias palabras, siglos de inteligencia y esplendor.

Estos eran unos Helenos algo diferente de los Elenos, pero sí quieren dialogar...

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