Herodes repotenciado

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Al despedir la Navidad, viene a la mente la historia de Herodes quien, informado del nacimiento del Mesías, sintió resquebrajar su poder y su reino, ordenando degollar, más no violar, a miles de inocentes en Galilea, Somalia y Judea. Sin embargo, apegándonos a las estadísticas, Herodes el Grande sería poco menos que una tierna monjita de la caridad frente a esa enorme manada de violadores y asesinos de niños y jóvenes colombianos en pleno siglo XXI.

Cifras que espantan: Colombia es el tercer país del mundo donde violan y asesinan más niños; ocupamos el quinto puesto en desplazamiento forzado de humildes familias por cuenta de la violencia. El ICBF atiende diariamente centenares de casos de maltrato intrafamiliar contra niños, niñas y adolescentes. Estas cifras, sin embargo, son la punta del iceberg, pues el temor y el silencio cómplice ahogan los gritos y súplicas de millones a quienes no les permiten solicitar ayuda.

Referente a los autores de tan abominables crímenes, se sabe que el 70 % son cometidos por familiares, amigos cercanos o vecinos de las víctimas con dientecitos de leche.

Esta violencia constituye una pandemia universal pero entre nosotros es mucho más mortífera que las infecciones, el cáncer y las catástrofes naturales. Lastimosamente los esfuerzos para detenerla han sido inútiles: proponen cadena perpetua, castración química e incluso pena de muerte para estos monstruos, pero a la hora de la verdad, son tratados con guantes de seda, demostrando que las leyes de nuestro país se hicieron para violarlas.

Pero, ¿qué ideas transitan por esas mentes pervertidas? Se sabe, científicamente, que al momento de la violación, pierden completamente el control, aflorando los más bajos y primitivos instintos sexuales, obteniendo la máxima excitación y orgasmo al contemplar el dolor, lágrimas y súplicas de la víctima en estado de absoluta indefensión. Sin embargo, esas bestias son absolutamente conscientes: ¡Saben que están cometiendo un delito atroz! No son “enfermos mentales” sino peligrosísimos delincuentes y deberían ser castigados sin contemplación alguna.

Y, ¿cómo blindar a nuestras crías de la creciente manada de violadores? Recomiendo, sin avergonzarme, el ejemplo de la leona parida que no delega en nadie la protección de sus cachorros, inculcándoles, además, la fe y la confianza para que les germinen, llegado su tiempo, sus propias y vigorosas alas. No importa que al pasar te griten “¡Retrógrado, obsoleto!” porque es mejor ser arisco dinosaurio que pavo relleno.

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