Columna


Hipopotamus escobaris

MAURICIO IBÁÑEZ

24 de octubre de 2021 12:00 AM

Este podría ser el nombre científico de la especie adaptada al medio tropical colombiano de estos inmensos animales, traídos por el vergonzosamente célebre Pablo Escobar. Los hipopótamos, naturales de África, son uno de los animales más peligrosos del Continente, ya que en su timidez natural buscan refugio en el charco más cercano, pero aquel que se encuentre en su rumbo de regreso al agua, sufrirá las mismas consecuencias que si fuera golpeado por un auto pesado a 40 kilómetros por hora; solo que esta mole lo pisará hasta dejarlo como una arepa, aunque el animal no sepa lo que es una arepa.

Consumen montones de vegetación pues por su peso necesitan enormes cantidades de alimento, pero aun así, en millones de años de existencia, ni los 130 mil ejemplares que quedan en África, ni sus antepasados, han podido acabar con su ecosistema; ciertamente, el centenar de ejemplares que existen hoy en día alrededor del generosamente verde y húmedo Magdalena Medio, tampoco ha acabado con su ecosistema en 40 años que llevan disfrutando en el Nuevo Mundo.

En África, ha habido preocupaciones por el exceso de ejemplares de los tres gigantes: elefantes, rinocerontes e hipopótamos. Pero allá, conscientes de buscar un justo balance entre los elementos y las expresiones de vida, permiten en algunas épocas del año su cacería controlada; también existen programas de reubicación de animales, y finalmente, existe el plan de esterilización para evitar que ciertos ecosistemas sufran de sobrepoblación, lo que agotaría su propia fuente de alimentos.

He leído que en algunas poblaciones del Magdalena Medio, ya llevan a cabo planes turísticos de observación de hipopótamos. Sin embargo, el Gobierno nacional se empeña en una campaña para esterilizar a todos los ejemplares, poniendo fin al exótico capricho del narcotraficante estrella. Esto recomendado, otra vez, por un estudio extranjero.

El hipopotamus escobaris quedaría extinto en unas pocas décadas, y en el próximo siglo, los paleontólogos de entonces se resignarán a estudiar sus esqueletos para encontrar qué diferencias adaptativas pudieron tener en su corto recorrido por su nuevo mundo. No encontrarán ninguna, pues no hay proceso de evolución que provea de cambios genéticos tan rápidos, pero hurgando por aquí y por allá, de repente se encuentren con los restos de algún tesoro de don Pablo, o hasta de las Farc.

A menos que el Gobierno sea más proactivo y decida esterilizar solo el número necesario para mantener la especie bajo el control deseado, y promueva abiertamente el turismo en el Magdalena Medio alrededor de este tema. Sería un hit para el ecoturismo mundial y una forma muy curiosa de sacarle provecho al otrora maldito negocio que también desafió el poder de la evolución.

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