Horrorosamente únicos

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Hace unos años la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie escribió un discurso donde advertía las consecuencias nefastas de pensar y precisar el mundo a partir de un solo relato. Lo tituló “El peligro de la historia única”. Allí se refirió a los estereotipos que solemos formarnos de la ‘realidad’ cuando no somos capaces de ver más allá de las primeras impresiones o escuchar otras versiones de un mismo asunto.

Contó cómo en su niñez de soles bravos y mangos maduros ella redactaba cuentos sobre hombres rubios que se paseaban comiendo manzanas por pueblitos llenos de nieve. Era el relato único que le habían contado de la literatura, repetido mil veces en la televisión y los libros infantiles. “Lo que esto demuestra”, dijo, “es lo impresionables y vulnerables que somos ante una historia, sobre todo de niños”. Eso es algo que sucede tanto en Nigeria como en Colombia: muchos estudiantes de mi curso de escritura creativa en la universidad acostumbran a inventar personajes cuyos nombres son del tipo John Stevenson o Stacey Simmons y los ponen a sufrir los reveses de la vida moderna en ajetreadas metrópolis de Norteamérica. No se imaginan que una gran historia pueda ocurrirle a gente como ellos mismos, Braulios y Yurleidis que sobreviven en calurosos municipios de la costa.

Este ejemplo de una literatura única es, por desgracia, extensible a otros ámbitos. Se habla entonces de una única decencia, un único pensamiento político correcto, una única etiqueta para gozar o para comer y, en últimas, una única forma legítima de ser. Habitualmente, esta comparsa de puntos de vista sesgados es alimentada por aquellos que detentan el poder político y económico, para quienes resulta muy conveniente imponer su propia opinión sobre la sociedad si lo que buscan es mantenerse al mando.

Durante siglos el Caribe ha sido víctima de los prejuicios divulgados por el relato único que cuentan de nosotros las élites andinas o la seudoaristocracia local. Nos construyen como seres flojos, impúdicos y escandalosos. Reproducen tantas veces su película sobre el Caribe que los mismos caribeños acaban creyendo el cuento de lo que son. En esa tragedia la más afectada es la cultura popular. He escuchado a padres regañar a sus hijos por pedirles una butifarra en la calle. “Esa butifarra está hecha con cartón”, les gritan. Y así, entre sermones y jalones de oreja, la nueva generación crece pensando que las palenqueras escupen sus alegrías, que el hielo del raspao está rociado de orines y que en las fondas del mercado el arroz con coco no lo preparan con coco sino con Coca-Cola.

Este horror de diccionario clasista preserva la cadena donde el ‘pobre’, que en el relato hegemónico es solo pobre, nada se lleva.

*Escritor.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS