Idiotizados

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Había dicho que no quería viajar más porque le hace daño a mi salud mental. Disfruto mucho la visita a los países europeos, desarrollados económica, social y culturalmente. Con sus bellas ciudades, con gran ordenamiento territorial. Y donde la amabilidad y las buenas costumbres son la constante cotidiana. De allí que nazca una pregunta para los sociólogos: ¿Si para que exista desarrollo cultural necesariamente debe haber desarrollo económico, porque si es así estaremos destinados a 500 años más de penurias?

Después de la visita y al regresar a nuestro terruño, ese que esta indeleble en el alma, es cuando empiezan mis problemas, porque es casi insoportable por un tiempo resistir tanto caos, después de ver tanto orden. Y es cuando debo recurrir a la medicina con altas dosis de Alprozalam para soportar el desbarajuste. Pero solo lo utilizo los primeros quince días de mi regreso, porque tampoco es bueno estar adormecido y aislado del entorno, dada la contundencia del medicamento. Entonces a ‘palo seco’ empieza el retorno a la realidad y se va llenando uno de tanta aceptación de la anarquía, que te brota una especie de costra que te hace soportar sin más ni menos el desmán cotidiano, que te vuelve tolerante y hasta ciego del desastre en que vivimos.

Entonces empiezas a responderte y te das cuenta que no hay nada qué hacer. El clima, el ambiente socio-político y cultural te va envolviendo de tal manera que te idiotizas. Y caes en estado de imbecilidad. De allí que el cartagenero de algún nivel cultural y educativo se aísla en subgrupos de élite, y se vuelve excluyente y se encierra en sus impenetrables recintos de mármol para no contaminarse.

He oído cuentos de extranjeros venidos a la ciudad que se han quedado a vivir después de asimilar el impacto cultural, y fascinados consiguen pareja y hasta tienen hijos; pero es claro, se empatizan y sucede el cambio, ese que los abstiene a seguir las normas y los comportamientos rigurosos (pero necesarios para la buena convivencia) que demanda la vida europea.

Entonces se relajan y se van idiotizando y empiezan también a tener el mismo comportamiento del nativo; votar la basura en la calle, no cruzarlas por las cebras, no respetar las normas de una sana convivencia urbana, y los absorbe el medio y los devora como lo hizo la selva con Arturo Cova en La Vorágine, y desaparece todo rasgo de buenas costumbres. Ya decía San Pablo que las malas compañías dañan las buenas costumbres.

¿Quién se dio cuenta de esta falencia?

Una clase venida de la provincia, que llega con deseos de participar en las decisiones políticas que los cartageneros raizales que otrora fueron sus líderes habían abandonado, porque gobernar gente del vulgacho era una tortura. Entonces llenan el vacío, el que encuentra sustento en la elección popular de Alcalde. Y en esa estamos, casi sin salida.

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