Columna


Invitados metiches

RODOLFO SEGOVIA

23 de febrero de 2024 12:00 AM

Colombia está indignada y sorprendida por la interferencia internacional en sus asuntos internos. El que la ONU y la OEA, entre otros, aparezcan diciéndole a nuestra Corte Suprema lo que debe hacer es inaceptable en la forma y en el fondo. En la forma, porque no les compete; y en el fondo, porque olvidan que la Corte en su sabiduría puede elegir o no fiscal general de la Nación de entre los candidatizados por el presidente de la República. Y tiene esa facultad sin plazos para pronunciarse. O puede devolver toda la terna. Ya sucedió una vez en tiempos de Álvaro Uribe. ¿Entonces a qué inciso se refería el inaceptable entrometimiento al exigir elección inmediata?

En el fondo, no hay por qué sorprenderse de que se haya llegado al extremo de la falta de respeto. Como herencia de la Sociedad de Naciones y la Unión Panamericana, Colombia fue desde el principio un país de vocación plurilateral, que se unió con alacridad a la Organización de Naciones Unidas (ONU). El colombiano Eduardo Zuleta Ángel presidió la Comisión Preparatoria –presidente del mundo lo llamaron– que sentó las bases de la primera sesión de la Asamblea de su histórica sesión inaugural del 10 de enero de 1946.

El legado de presencia e injerencia externa creció y con el tiempo se convirtió en una selva incontrolada con amplío presupuesto y burocracia de buenos sueldos con capacidad para opinar sobre lo divino y lo humano, y amplia resonancia en los medios nacionales. Actualmente hay no menos de 26 agencias de la ONU en Colombia. Se complementa con puestos en la OEA, el Fondo Monetario, el Banco Mundial y docenas de importantes comisionados para el Medio Ambiente, o la OIT, todos con siglas en inglés. Y todo el mundo opinando. Asalto cultural. En ese atolladero han quedado ahogadas dignidad y soberanía nacional.

Por su parte, la justicia cedió sus fueros. Parece que no existiera tribunal de cierre en Colombia. En tratado tras tratado se ha abierto la posibilidad de acudir a instancias externas cuando no se está contento con lo determinado por la justicia en Colombia. Tribunales muy socorridos son los interamericanos de justicia. Por tratados genéricos, reos condenados en Colombia por sus fechorías van a buscar escondedero en ellos. Las decisiones colombianas se revocan y ese paraguas ha sido aceptado como tribunal superior con menoscabo de la soberanía judicial colombiana.

La mengua de la justicia local ha llevado a que cualquiera se sienta con derecho a irrespetarla. El andamiaje ético está debilitado. Bastan unas cuantas consignas y pronunciamientos de altos heliotropos para que asalten las rejas del Palacio de justicia, y secuestren a los jueces, rufianes de las primeras líneas aliados con caudas indígenas armadas de garrotes. A eso lleva la cesión de soberanía que comienza por la gran invasión de agentes extranjeros, y el irrespeto al finiquito de los procesos. Con tanto escarceo internacional se ha terminado albergando a muchos invitados metiches.

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