Jugadoras en aprietos

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Embolaba en el Parque de Bolívar cuando una mariamulata desde lo alto descargó algo fétido y pastoso sobre mi cabeza, salpicando también la guayabera que estrenaba ese día.

Divo Cavicholi, de pie frente a mí, soltó una carcajada. Me dijo: “Concejale, la merda fresca de pajarraca es bendita, frota fuerte tu frente y solicita un deseo”. Iba en busca de Salvo Basile, para organizar el primer aniversario de Safo Mercedes, su bella hija. “Quiero que Alejandro Obregón encuentre inspiración para pintar millones de lienzos de Cartagena y García Márquez tenga historias que contar el resto de su vida”.

En su restaurante se hablaba sobre Mussolini y su amante Clara Petacci, de Miguel Ángel, de Perucho Guerrero, jefe de coaliciones en el Concejo, del “Burro” Marrugo y los acosos de un ministro invertido que frecuentaba la ciudad; de Franco Burgos, Doña Jose y el célebre Víctor Camacho, contingente dominante del Partido Conservador cartagenero.

La ciudad era distinta, más cívica. En las Plazas se reunían los nativos, no los foráneos. Se rendía culto a las fiestas de noviembre que olían a buscapiés y sonaban a Pie Peluo, el Cebú, la Vaca Vieja, a Pedro Laza. Divo era un italiano que comprendió la idiosincracia de la ciudad. Por eso su restaurante fue importante.

No todo era color de rosa. Unas señoras de Bocagrande se instalaban a jugar cartas y no pedían nada. Al principio Divo fue permisivo, pero se cansó de tan marcada conchudez y les dijo: “Escucho el pedido de las senioras”. La líder expresó: “A mí me trae un alcazeltser”. Otra dijo: “Y a mí un tinto”. Las demás callaron sin levantar los ojos de las cartas. Divo les apagó la luz del salón y gritó: “Se largan de mi restorante”. Indignada, la jefa del grupo expresó: “No sabe usted quién soy yo, mi hijo será el próximo gobernador”.

“Ja, ¿próximo gobernadore?, ya Ballesta y Lequerica me dijeron que ni de portero estará su hijo en el gabinete. Otra señora interpeló: “Sepa usted insolente italiano que soy la madre de Saluchano.

“¿Saluchano?”, No lo mencione, aquí tengo un montón de vales que me debe”, y los batía frente a la cara de las señoras. Malhumoradas, salieron hasta la avenida San Martín y se perdieron.

Divo exigió pago inmediato a los deudores y a las señoras les prohibió volver. Las damas regresaron y Divo las recibió en calzoncillos “esguarepaos”. Salieron corriendo despavoridas. La vieja prenda de algodón de Divo permitía ver un elemento de su dupleta que caía groseramente de un lado, con tan buena suerte para ellas que la luz estaba apagada y el salón oscuro.

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