Columna


La bolita tóxica

JESÚS OLIVERO

17 de junio de 2016 12:00 AM

Cada vez que paso por el centro de la ciudad, por uno de esos lugares de alta concurrencia, siempre detecto el mismo olor fuerte y penetrante de la naftalina. Esas bolitas blancas vendidas en cualquier esquina son empleadas  por muchas personas para mantener lejos a las polillas y a las cucarachas en las casas, especialmente en los guardarropas.  Las bolas de naftalina están hechas casi que un cien por ciento de naftaleno, un compuesto  con varias propiedades tóxicas reconocidas, incluyendo daño o destrucción de los glóbulos rojos, cataratas, náuseas, vómitos, diarrea, inflamación de las vías respiratorias, y hasta ha sido clasificado por agencias internacionales como  posiblemente carcinogénico.

Tal vez para el transeúnte desprevenido al sentir su olor característico, simplemente concluya que está cerca a un vendedor ambulante de las bolas blancas. Pero para el vendedor, la historia es realmente diferente. El naftaleno es fácilmente sublimable, es decir, puede pasar directamente del estado sólido al gaseoso, y por ello es que lo detectamos al respirar.  En las inclementes temperaturas de Cartagena, el proceso es rápido y todo el ambiente alrededor de estos expendios suele saturarse del químico aromático.  Muchas veces me he preguntado ¿cuál será la salud de los expendedores de naftalina, tendrán seguridad social, ARP, o alguien en su vida les habrá dicho que el naftaleno puede ser perjudicial para su salud o la de su familia?  Usualmente también pienso con cierta angustia existencial si llevan esos productos a sus casas, los almacenan cerca donde duermen los niños o si existen mujeres embarazadas inhalando sus vapores. Todas conjeturas sin soportes, o tal vez con respuestas con las que es imposible evitar el estrés.

En el marco nacional de salud pública, pareciera que estos vendedores ambulantes significaran simples personajes del paisaje, cuya función dentro del estado es aportar a la cifra de empleados informales del DANE. Sin embargo, cuando están entrando a la tercera edad, luego de haber estado expuestos por muchos años a tóxicos en el trabajo, el mismo sistema de salud debe hacer uso de millonarios recursos para tratar sus enfermedades crónicas, la gran mayoría de ellas totalmente prevenibles. Esta falta de conexión entre la prevención y el cuidado de la salud es una de las principales causas del colapso que hoy vivimos en esta materia.

Este es un caso clásico en donde es manifiesta la necesidad de avanzar en los procesos de educación y salud ambiental.  El problema está identificado, es posible resolverlo, pero aún así, no pasa mayor cosa. En este punto, el nudo de la solución debe ser resuelto con el concurso creativo de las instituciones de salud, la academia, los usuarios y los propios vendedores, los cuales en muchos casos mantienen la incredulidad sobre la advertencia del riesgo.   Cuando empecemos a resolver estos problemas, habremos dado el salto de la medicina curativa, escalofriantemente costosa, a la preventiva, la forma más económica y eficiente de garantizar el bienestar general de las personas.  

  @joliverov

Jesus Olivero [jesusolivero@yahoo.com]